Re-incidente

El Té

El té se obtiene de las hojas de un arbusto silvestre que crece entre la India y China desde hace más de 4 mil 500 años. Según la leyenda que atribuye al emperador Shen Nung el descubrimiento de la infusión en el año de 2737 AC, este mítico personaje fue el inventor de la invención de la agricultura.

La Camellia sinensis, el té, fue bautizado así en honor del botánico jesuita del siglo XVII Camellus. Sin embargo, fueron los chinos los que descubrieron mucho antes que la infusión de hojas secas de esta planta producía una bebida insólitamente reconfortante y calmante; generosamente, lo mostraron a los japoneses a través de Corea, por allá del 800 DC. y llegó a conocimiento de los ingleses en el año de 1675.

Para que la planta del té crezca en todo su esplendor es necesario podarla regularmente y darle la forma de un arbusto bajo, así adquiere el tamaño ideal para la recolección de sus hojas.

Los colectores, portando cestas de mimbre sobre sus espaldas, arrancan la yema y dos hojas terminales del extremo de cada brote, si se desea un té de primera calidad.

Pero si se desea obtener mayores cantidades, y menos calidad, se cortan las tres hojas terminales. Esta labor ha resistido la mecanización, son los dedos y la protección de la palma la que garantiza una parte de la calidad del té.

Llenas las cestas se conducen a instalaciones donde se dejan marchitar las horas, se enrollan, fermentan, secan y clasifican en función del té producido.

Para el caso del té verde, favorito del Lejano oriente, las hojas se calientan para que no se ennegrezcan durante la fermentación.

El té negro es el más popular en Occidente. Durante los siglos XVIII y XIX, Europa volvió a volcarse en las cervezas de baja graduación y el agua de pozo para tomar más té. Y cuanto más té tomaban, más querían, ya que contiene pequeñas cantidades de cafeína de acción estimulante.

William Cobbett, militar, periodista y agricultor inglés (1763-1835) arremetió contra el té diciendo “En realidad es una especie de láudano suave, que de entrada vigoriza pero después debilita”.

Según sus observaciones, las mujeres gastaban un mes al año por su afición al té, abandonando a los hijos “…con la ropa sucia y los calcetines agujereados”. Pese a esta opinión, a mediados del siglo XVIII el té circulaba libremente por la garganta de los europeos de toda condición social.

Fue entonces que la Compañía Británica de las Indias Orientales, que se había asegurado los puestos  comerciales de Madrás, Bombay y Calcuta, arrebató el control de la próspera región del noroeste a los gobernantes bengalíes en 1757.

No sin competir de forma implacable con los franceses. Para el siglo XIX los ingleses dominaban el comercio del subcontinente.

Los barcos de la Compañía Británica iban cargados de madera, seda, loza, porcelana y té de China. La apropiación de tierra por los países ricos ha sido una constante en la historia.

En el siglo XIX los cultivadores de té expropiaron grandes superficies de territorios en Asia, desplazando núcleos poblacionales autóctonos y ecosistema, explotando severamente a los recolectores de hojas de té, que se llegaron a importar, sobre todo de la India.

El té llegó para explotar a multitudes y para el deleite de otras tantas. En el siglo XVIII los norteamericanos disfrutaban del té igual que sus vecinos al otro lado del Atlántico.

Aún hoy, los canadienses, consumen más té, que sus vecinos café en Estados Unidos de Norteamérica.

Un día de diciembre de 1773, a las orillas del río Charles de Boston (Massachusetts) un grupo de colonos disfrazado de indios Mohawk abordó tres barcos anclados en el puerto y tiró por la borda el cargamento de té. Protestaban contra los planes de las autoridades británicas de cobrar impuestos por las mercancías que llegaban desde Europa, en concreto el té. Expresaron entonces: “Sin representación no hay impuestos”.

El Imperio Británico, con el Rey Jorge (1738-1820) a la cabeza se negó a escuchar a los colonos. Y el Motín del Té en Boston tuvo réplicas en Nueva York, Filadelfia, Annapolis, Savannah y Charleston.

Las damas de Norteamérica rechazaban el té para la merienda y Gran Bretaña cerró el puerto de Boston. La Guerra de Independencia de los Estados Unidos estaba en marcha.

Cecilia Vázquez