Re-incidente

Aún quiero soñar

El Estado mexicano se ha caracterizado por ser un instrumento de opresión y represión sistemática de toda movilización social, siempre protegiendo los intereses cupulares que han penetrado las estructuras institucionales y han pervertido los ideales democráticos; pero ha sido incapaz de suprimir las voces disidentes, porque los ideales no se han apagado, de la misma manera como las heridas siguen abiertas.

El Estado mexicano es, en palabras de José Revueltas, ese lugar maldito donde reina la tristeza, no se castiga el delito, se castiga la pobreza.

Inundan las redes sociales los hashtags y trending topics demandando la renuncia de Enrique Peña Nieto, que caiga el peso de la justicia sobre los responsables por los grotescos crímenes en Ayotzinapa, la disolución de poderes y el juicio político contra Rafael Moreno Valle por el caso Cholula y Chalchiuhapan. ¿Qué se puede esperar de un Estado que siembra cuerpos en fosas, los riega con sangre y los llora-oculta con festivales mediáticos, crisis casuales y opio de masas? #AyotzinapaSomosTodos porque podemos ser cualquiera en cualquier momento, porque en este país #PiensoLuegoMeDesaparecen, porque en este país soñar ya es un delito.

Este narcoestado kakistocrático y telecrático está manchado por un largo historial de crímenes de lesa humanidad que fácil pero dolorosamente podemos enlistar: Tlatelolco 1968, Halconazo 1971, Ciudad Juárez 1993-2012, Aguas Blancas 1995, Acteal 1997, Atenco 2006, Guardería ABC 2009, San Fernando 2011, Tlatlaya 2014, Ayotzinapa 2014. Feminicidios, infanticidios, etnocidios, ecocidios, desapariciones forzadas, coerciones contra periodistas y estudiantes, criminalización de la protesta y el activismo social… ciertamente es una historia de terror.

El común denominador de todos esos casos es el embiste frontal todo ápice de restitución comunitaria contraria al individualismo capitalista. ¿Por qué Ayotzinapa? Porque las Escuelas Normales Rurales son una tradición de lucha en un contexto de extrema pobreza; son la herencia del espíritu de la Revolución Mexicana de la educación como medio de liberación y no de ennoblecimiento.

¿Por qué 43 jóvenes? Por su espíritu apasionado, por su convicción de compromiso social, por no tener miedo a perder nada, porque sencillamente el sistema les ha arrebatado violentamente todo.

Hoy, sin embargo, se observa un panorama donde estamos perdiendo toda ilusión por soñar, donde nuestra palabra sencillamente ya no vale nada, donde la esperanza y la libertad se difuminan entre tanta violencia.

Es inaudito lo fácil que hoy accedemos a la violencia como un producto mercantil, lo rápido que los niños se tornan violentos como respuesta a su ambiente. El grito es unísono: #YaMeCanséDelMiedo #YaMeCanséDeLaCorrupción #YaMeCanséDeLaImpunidad. Despertamos cada mañana y nos hemos vuelto insensibles a la muerte, ha surtido efecto el bombardeo mediático de violencia que ha penetrado la subjetividad de los individuos decodificándola y reconfigurándola para poder seguir de largo su vida, sin el menor estremecimiento o dolor.

Sin embargo, quizá debamos hacernos la pregunta incómoda ¿qué hago yo en el día a día que me diferencie de aquellos que señalamos como responsables? ¿Qué nos queda, si ya nos han quitado todo? Nuestra alma, nuestro espíritu humano, nuestra sensibilidad y solidaridad, nuestra capacidad para despertar del letargo y escuchar el llamado a luchar.

“Dios ha muerto” sentenció Nietzsche. Lo hemos matado nosotros y seguimos asesinándolo día a día con nuestras contradicciones moralinas. “El hombre ha muerto” decretó Foucault. Ese ser pensante y sensiblemente racional que ocurre una vez por siglo, hoy parece desaparecido. Sin un ideal metafísico que guíe al espíritu humano y sin una conciencia crítica que construya su camino, parece ser que el colapso es inevitable. Sin embargo, Enrique Dussel aún nos ofrece un ápice de esperanza: “en Occidente la idea del sujeto se construye a partir de negaciones que mantienen la ficción de lo normal. Cuando esa ficción presenta anomalías fundamentales, es entonces cuando brota un paradigma revolucionario”. Y el sistema mexicano está por demás agotado.

La nuestra es una sociedad conmemoracionista, construye su identidad, su memoria colectiva y su sentido nacional con base en discursos y fiestas, rituales cívicos y sacralizaciones del espacio.

Es una sociedad que busca imponer una versión dorada, dicotómica y teleológica de la historia –a la más clara usanza decimonónica–, sometiendo a todos los grupos subalternos y locales al papel de “populacho”, cuando no al mero olvido.

Pero descuidamos que “la memoria colectiva no puede tan fácilmente llevar a cabo esta sesgada selección de las experiencias que elimina y conserva. Porque las victorias de una clase social son también las derrotas de su clase oponente” (Aguirre Rojas, 2004: 8), e incluso el silencio es fuente de información, de traumas, de sentires.

Octavio Spíndola Zago