Re-incidente

Sobre la identidad de la política mexicana

Como lo menciona el cantante mexicano de rap Bocafloja en su canción “Chilatown”1, la ciudad mexicana por excelencia (DF) parece un cuento en el que sus habitantes son miedosos de sí mismos y de los demás; un lugar en donde reina la desconfianza, el exceso y la ridiculez colectiva, y los más duchos hacen negocio político de los otros por medio de un ingenioso artificio administrativo llamado “impuesto” que les permite a su vez  reproducirse como clase por medio de un sistema de legitimación holográfico llamado Instituto Nacional Electoral (INE).

Dos buenos ejemplos ficticios de cómo se gesta una artimaña política en México son la películas “The Dark Knight” del director estadounidense Christopher Nolan2, y la “Dictadura Perfecta” del director mexicano Luis Estrada3. Ambas historias nos muestran que toda clase política tiene un rostro nominal y uno real. El rostro nominal se refiere a la imagen y discurso del mandatario (y de toda su camada) de carácter público; es decir, que muestra empatía, apego, identidad con lo que el grueso de la gente piensa (y no necesariamente hace), respecto de cómo deberían de ser las cosas.

Si el mexicano se siente feo y débil, proyectará (y se verá a su vez simbolizado en) una figura pública limpia, presentable, líder, trabajadora. Por otro lado, el rostro real representa las verdaderas intenciones de la clase dirigente, que por lo general son pretensiones de vanidad, ostentación y ascenso ininterrumpido, hasta el escalafón más alto de la cadena política: la silla presidencial. Su existencia como institución social se justifica al fungir como el órgano dirigente de la nación, cuando en realidad es una capa social que solamente estorba (al hacer mal su trabajo) el desarrollo de la sociedad.

Podemos decir entonces que los discursos institucionales son de facto ideales, debido a que adoptan las ideas administrativas e incluso teóricas del “deber ser”, importadas de algún otro sistema que parece ser funcional y por ende productivo. Por otro lado, las formas de actuar (usos y costumbres), si bien son determinadas por una cultura social, van cambiando por los avances que se originan dentro de su territorio.

Es por ello que las representaciones sociales se transforman, y la dinámica social y los ritmos de vida se adecuan ante los cambios estructurales que individualizan a las personas, y justifican la diferencia entre clases sociales. Por lo tanto, al transformarse progresivamente el rol que cada uno de nosotros desempeñamos en la sociedad, fortalecemos el sistema de producción gubernamental en sus distintos niveles: económico, político, cultural, etc. Como sugiere el filósofo alemán Georg Simmel (1958-1918) en su texto La Subordinación4, el componente mínimo de la dominación política estriba en la conveniencia y por ende aceptación de la misma por parte del subyugado.

Como nos podemos dar cuenta, a medida que se va perdiendo el ingrediente carismático del liderazgo político individual, y va  tomando preponderancia el cargo administrativo o investidura respectiva, la relación de admiración que originalmente se tenía por el líder se va trasformando en una relación de usufructo y/o extorsión. Hablamos de extorsión, porque cierta clase social se ha venido justificando históricamente con una investidura constitucional de autoridad, para extraer su propio sueldo de la riqueza nacional que generan las clases industriales y comerciales; es decir, dicha clase cobra por administrar el trabajo de otros.

Al respecto, Bocafloja5 critica que el mundo le pertenezca a aquellos que nos subordinanpor medio del engaño eficiente, y los responsabiliza de estarnos clonado culturalmente con la vieja cantaleta política de la escalera piramidal, como vía de ascenso al cielo. Siguiendo con el carácter abusivo y criminal del ejercicio político de nuestra clase dirigente, quisiéramos aludir a un ejemplo concreto de nuestra historia reciente, que ilustra magistralmente la turbia relación que ésta tiene con el crimen organizado: la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en el municipio de Iguala de la Independencia, en el estado de Guerrero, el 26 y 27 de septiembre de 2014. De dicho caso quisiéramos solamente subrayar las implicaciones que el gobierno (más que la persona) del entonces alcalde José Luis Abarca Velásquez presuntamente tenía con el crimen organizado, en particular con el grupo Guerreros Unidos; en el sentido del trabajo conjunto que realizaron las administraciones estatales y federales (incluidos policías municipales, agentes federales y soldados) con ese grupo criminal, para detener, secuestrar, asesinar y desaparecer a los estudiantes implicados6.

En el Siglo XVII, el diplomático y escritor español Diego de Saavedra Fajardo, describió a la plebe mexicana de la siguiente manera: Su naturaleza es monstruosa en todo, y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta: es pobre de medios y de consejo, sin saber discernir lo falso de lo verdadero: inclinado siempre a lo peor. Más se deja llevar de ellos, que dé la razón; más del ímpetu que de la prudencia; más de las sombreas que de la verdad. No sabe contenerse en los medios: o ama o aborrece con extremo; o es sumamente agradecido o sumamente ingrato; o teme o se hace temer. O sirve con humildad o manda con soberbia. Ni sabe ser libre, ni deja de serlo. En las amenazas es valiente, y en las obras cobarde.

¿Es realmente un texto profético? La política es por sí misma un tema delicado, pero en México es casi un tabú. Está claro que la frontera entre el Estado y la población es muy pronunciada, y aún no se logra llegar a un acuerdo sobre quién es el culpable de la situación.

por Melquiades Aguilar, Omar Ponce, Estefanía Chávez, Brenda Osorio, Aldo Costilla, Ricardo  Flores y Efraín González

MELQUIADES AGUILAR, OMAR PONCE, ESTEFANÍA CHÁVEZ, BRENDAOSORIO, ALDO COSTILLA, RICARDO  FLORES Y EFRAÍN GONZÁLEZ