Re-incidente

La actualidad de un clásico

Este periodo de retiro le sigue una tercera etapa en el que se vuelve a entrar en la sociedad de la que se ha retirado, aunque con un nuevo papel, adquirido durante su ausencia”.

Este pasaje y los actuales acontecimientos en el país con motivo de los sucesos que se dieron en Iguala, Guerrero, en septiembre del año pasado, hacen pensar en la demostrada incapacidad del Partido Revolucionario Institucional para repensarse, practicar la autocrítica y demostrar que su interés por ejercer el poder está acompañado de un proyecto político y no solo nace en el vacío retórico y de los beneficios personales.

El retiro del PRI durante doce años, sino de la escena pública, si de la primera fila de las decisiones económicas, políticas y sociales, no fue un lapso suficiente para que, a su regreso a la Presidencia de la República, llegara con un nuevo papel, un nuevo producto ideado durante esos años.

A su regreso, los viejos cuadros y dirigentes se volvieron a acomodar poniendo al frente como figura visible una imagen joven y, dicen, atractiva.

En doce años de retiro no hubo reflexión, ni nuevas propuestas; por el contrario, se regresó con las mismas y vetustas concepciones y ejercicio de autoritarismo, impunidad, demagogia y negocios “en lo oscurito”.

En solo dos años, casi 22 meses para ser exactos, Iguala desnuda y arranca la máscara de modernidad y pretendido desarrollo con el que se quería mover a México.

No hay intención, ni elemento alguno para hablar de cambio; menos aún de cambio social. Y lo paradójico resulta ser que si bien Iguala y la barbarie ahí vivida desnudó al poder y exhibió las debilidades de gobiernos y del Estado, también fue la oportunidad, ya perdida, para demostrar que se querían hacer las cosas de otra manera: meses de silencio, de ineficiencia técnica y profesional, de mentiras e información contradictoria, de maltrato a familiares de estudiantes desaparecidos y el ofrecimiento de un superficial paquete de diez medidas para dar seguridad a la ciudadanía, minaron la oportunidad que las circunstancias ponían al alcance del gobierno.

La sombra de una sociedad en soledad, que se sabe abandonada y desprotegida; entregada a la arbitrariedad de sus gobernantes y la barbarie de la delincuencia, recorren el país confirmando la incapacidad, flaqueza y deterioro de sus instituciones.

Lo único que resiste esa sombra son algunas voces críticas y los jóvenes manifestándose en las calles.

Dice Octavio Paz con una profunda actualidad que “Una de las razones de nuestra incapacidad para la democracia es nuestra correlativa incapacidad para la crítica”, y sugiere que en América Latina “todavía no aprendemos a pensar con verdadera libertad”. (Posdata. México, FCE, 2013).

Y en su análisis sobre las manifestaciones de protesta estudiantil en el mundo durante 1968, y en particular en México, señala que “El sentido profundo de la protesta juvenil –sin ignorar ni sus razones ni sus objetivos inmediatos y circunstanciales- consiste en haber opuesto al fantasma implacable del futuro la realidad espontánea del ahora”. (Posdata. México, FCE, 2013).

Y como si una fuerza maligna se opusiera a los proyectos gubernamentales de aquel entonces y de ahora, en aquel lejano México, que sería sede de los Juegos Olímpicos como un reconocimiento internacional a los logros políticos y económicos de un país que renacía después de años de revolución y revueltas, la intolerancia, la incapacidad para la crítica y el miedo al pensamiento libertario llevaron al gobierno a una respuesta represiva fuera de toda dimensión y explicación

lógica, con lo que echó por la borda  el prestigio ganado.

La historia es cíclica. Diría Marx que “se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda

como farsa.” Ya tuvimos la tragedia, ahora nos encontramos en plena farsa.

Así, mientras el gobierno de Enrique Peña Nieto saboreaba las mieles de la fama con el reconocimiento internacional por las reformas propuestas y aprobadas por el Congreso de la Unión, los crímenes cometidos en Iguala ponían fin a la ilusión reformista, propiciando que la escena mundial le diera la espalda a un “momento mexicano” que solo se quedó en meroespejismo.

En ambos casos, ayer como hoy, la ineptitud gubernamental, la ausencia de Estadistas -así con mayúsculas- y el miedo a corregir políticas erradas, no solo hicieron perder credibilidad internacional al gobierno, sino lo más preocupante, dejan en la indefensión a millones de habitantes a los que se niegan a oír.

Los clásicos se mantienen actuales, así sucede con Octavio Paz, lo cual aplaudimos. Lo malo es que esa forma clásica de entender la política como un arte para beneficiar a solo unos cuantos, también sigue vigente.

Ya tuvimos la tragedia, ahora la farsa, ¿qué sigue?

Rosalba Robles