Re-incidente

Turismo social y la sagrada Cholula

El patrimonio es un constructo social en el cual se encuentran enmarcados bienes culturales locales que se hacen patrimonio mediante la activación simbólica. Esta activación consiste principalmente en echar a andar varios recursos a favor de la promoción de cierto bien cultural atribuido a un grupo local.

Así, se conforman ciertos referentes identitarios, construcciones patrimoniales, que atribuyen a una localidad específica particularidades culturales. Entonces, ¿quiénes activan los bienes culturales para formar parte del patrimonio? En realidad son varios los agentes, entre ellos destaca singularmente el Estado. Sin embargo, existen otros actores que buscan colocar uno o varios bienes culturales dentro del enmarcado patrimonial: iniciativa privada, medios de comunicación, sociedad civil, el campo académico, operadores turísticos, por mencionar algunos.

Cada uno de estos agentes promueve bienes culturales que les facilitarán ciertos beneficios, entre ellos el económico pero también el político-social. No obstante, tratar de activar simbólicamente uno u otro bien para el enmarcado patrimonial será siempre materia de confrontación y conflicto tanto entre los agentes activadores como entre los representados. Es común que lo que parezca para un agente o instancia activadora como un bien digno de enaltecerse para formar parte del patrimonio no lo sea para otra, o viceversa. Dos o más agentes activadores pueden converger en un bien cultural específico para facilitar su patrimonialización pero con connotaciones diferentes. Una vez elegidos los bienes culturales que forman parte del  patrimonio de la localidad, se echan a andar diferentes políticas y prácticas que acercan dicho  eferente al consumo de la actividad turística.

La activación simbólica de ciertos bienes culturales  conlleva cambios en la configuración del espacio que obligan a la cotidianidad a retraerse o dispersarse, más no a desaparecer. En algunos casos, la distinción patrimonial se especializa en  bienes culturales que ocupan un lugar específico. Es decir, el espacio turístico-patrimonial dispone e impone prácticas e inscripciones tanto en el lugar como en los sujetos que permean la fisiología del territorio. El fomento de bienes patrimoniales por parte del aparato estatal desemboca, muchas veces, en políticas públicas que enaltecen dichos bienes de forma muy visible (se acondicionan los espacios para la práctica turística, desde las cuestiones funcionales hasta las estéticas). Sin embargo, por diversas razones la comunidad local hará uso, desuso o transformación de la activación simbólica patrimonial conforme a sus percepciones e ideas sobre dichos bienes.

En el caso de Cholula, por un lado las políticas macro estructurales fomentadas por instancias nacionales e internacionales la colocan como un destino turístico dentro de la oferta cultural del estado de Puebla; por otro lado, varias prácticas y agenciamientos locales impiden o resisten el paso de las políticas macro. Lo anterior da pie a un conflicto de patrimonialización: el mismo bien cultural que se encuentra enmarcado como patrimonio para consumo de la actividad turística es el que aglutina a la localidad para la resistencia en contra de dichas políticas. El plan nacional de desarrollo 2013-2018 del Estado mexicano (Secretaría de Gobernación, 2013), coloca al turismo como una de las plataformas de desarrollo a nivel nacional. Sobre este aspecto, Francisco Fernández Repetto e Iser Burgos Estrada (Esencialización y espectacularización de lo maya. Turismo voluntario y étnico en una comunidad yucateca, 2014) señalan que el aparato estatal acuña al turismo “…como agente de transformación social y económica, y como alternativa para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones económicamente vulnerables lo cual es  estacado tanto por los sectores público y privado como por el social”.

En territorio cholulteca se encuentra el Tlachihualtepetl, “el cerro hecho a mano”, coronado por la iglesia de la Virgen de los Remedios, un referente religioso-identitario de gran fuerza en la región y que data de tiempos muy anteriores a la Conquista. De hecho, la influencia del Tlachihualtepetl como geo-símbolo identitario traspasa por mucho las delimitaciones políticas y temporales que se han efectuado actualmente en el territorio.

En el santuario de la Virgen de los Remedios, territorio sagrado de los cholultecas, las instancias macro estructurales y estatales han ido apuntalando el sitio como un lugar patrimonial para el turismo, proceso que se  ha intensificado durante este gobierno con una nueva activación simbólica del santuario a la cual denominan de “dignificación”: un proyecto de connotaciones turísticas de gran envergadura que, entre otras cosas, expropia y restringe el lugar a las personas de la comunidad. Sin embargo, la dinámica local no da pie a esa sobreposición. El santuario es un espacio sagrado para los cholultecas y demás vecinos, es el corazón mismo de la vida religiosa y, por ende, un fuerte referente identitario. La idea de dejarlo a merced de las instancias patrimonializadoras estatales y globales no seduce para nada a la población local.

En Cholula el turismo es y ha sido desde hace varias décadas una fuente de empleo aceptada en la localidad. Muestra de lo anterior es que la adquisición de la categoría de “Pueblos Mágicos”, fomentada en el sexenio pasado (2006- 2012), tanto en San Andrés como en San Pedro Cholula no causó mayor revuelo político en la población. Incluso estas acciones fueron bien aceptadas por varios círculos sociales cholultecas. Empero, nunca la vida turística de Cholula se ha sobrepuesto a la religiosa, cosa que con “la dignificación” de su santuario amenaza con ocurrir. 

Iser Rafael Burgos