Re-incidente

Problemas de vista

Martina Urquiza nació con un problema en la vista. No distinguía las formas de los objetos aunque éstos se encontraran a un palmo de narices.

Sus padres lo descubrieron cuando a temprana edad Martina llamaba a su madre indistintamente papá o mamá.

Con el paso del tiempo fueron acostumbrándose a su deficiente visión

Esta iba acompañada de movimientos de torpeza como tirar un vaso con agua, romper un florero o intentar entrar a la habitación por la pared y no por el hueco de la puerta.

Martina Urquiza creció y como toda adolescente comenzó a enamorarse.

No era el rostro del apuesto joven ni sus músculos trabajados lo que la enamoraron, dado que ni siquiera sabía cómo era físicamente su amado.

La inteligencia, el sentido del humor y sobre todo la aceptación hacia ella hicieron que Martina Urquiza conociera el amor, ese que por experiencia propia confirmaba la sentencia: “el amor es ciego”.

El tiempo pasó y Martina fue madre de tres hermosos niños a los cuales sólo conoció por sus llantos y por las caricias maternales.

Avanzado el calendario fue abuela y también fue viuda hasta cuando el destino tuvo la ocurrencia de dejarla sola.

Martina Urquiza para estas alturas aprendió a desarrollar perfectamente los otros sentidos.

Sus manos le describían las formas y los olores permitían que distinguiera de entre un ramo de orquídeas y uno de rosas.

Un día inesperado, como por arte de magia Martina Urquiza despertó con una vista privilegiada a pesar de los setenta y cuatro años que cargaba encima.

Colores, tamaños, formas, luces, eran lo que le ofrecía el mundo.

Sin embargo, toda su vida la llevaba en oscuridad, así que prefirió cerrar los ojos el tiempo que le restara de vida.

Cuentan que murmuró:

“El sol es grande y redondo y yo siempre lo creí un diminuto triángulo situado en el más carmín de los inmensos cielos”.

Paco Rubín