Re-incidente

¿Política cultural? ¡Se perdió en el camino¡

Simultáneamente, cobraron fuerza eventos de tinte comercial y de gran impacto mediático, diseñados para hacer dinero. No para formar, instruir o cultivar, sino, declaradamente, para obtener ganancias económicas empleando los mismos parámetros que usan los empresarios del espectáculo y la farándula. De una necesidad objetiva que hizo crisis hace más de dos décadas: cubrir el déficit existente en las finanzas universitarias a través de algunos servicios y actividades que reportaran recursos; con el tiempo se impuso una idea mercantil de la Universidad que pervierte su esencia y sus fines.

No sólo se expresa en las carteleras del Complejo Cultural Universitario y en los espacios universitarios cedidos a empresas privadas con actividades que no tienen nada que ver con la Universidad y que, además, están fuera del alcance económico de los profesores y estudiantes (elegantes y caros restaurantes, empresas de tiempos compartidos, mueblerías), sino en otros renglones de la vida universitaria, particularmente en los criterios imperantes en la asignación de recursos, los cuales consideran a la cultura como un molesto costo del que no se pueden desprender pero sí minimizar.

En 2009, por ejemplo, del presupuesto total de la BUAP que fue de 3 mil 279 millones de pesos, apenas se destinaron 55 millones y medio para “Cultura, deportes y relación con la sociedad”, y de ellos 10 millones fueron para “Desarrollo de ambientes culturales” (cualquier cosa que ello signifique) y 8 millones de pesos para fomento editorial. En síntesis: poco más del 5 por ciento del total; al siguiente año el porcentaje de presupuesto al área fue igual.

No se trata sólo de incrementar el gasto en cultura, sino de la comprensión de lo que es y de lo que consiste.

Para construir una verdadera política cultural universitaria es indispensable entender que la universidad no es una empresa privada que pretende beneficios económicos o comerciales. La universidad pública gasta en la formación de capital humano y que es, no otra cosa, sino una inversión social a mediano y largo plazo que facilitará y mejorará, en su caso, la reproducción de la sociedad. No debiera interesar “qué saca”, sino cómo y en qué gasta lo que tiene para lograr sus fines.

La Universidad, además, tiene la obligación de hacer valer en todo momento su vocación social y pública. No puede estar enfocada o limitada a un grupo de la población, a un sector económico, a una ideología o forma de pensar, a alguna doctrina social o científica. Universidad es universalidad. No es apéndice del gobierno, ni de algún partido político; no es complemento de “la empresa”. Es un espacio que debe mantener la visión del conjunto social, de su diversidad y heterogeneidad así como de su identidad y unidad. Por ello le es indispensable su condición laica. En tanto transmisora, productora y generadora de conocimientos, está comprometida con las partes pero también con el todo. Su política cultural no puede, por tanto, ser más que multifacética, integral, diversa, plural, interactiva.

Pero la política cultural de la UAP debe ser también concreta, es decir, debe responder y corresponder tanto a la historia, perfil y capacidades de la institución como a su entorno social y cultural; a las condiciones y posibilidades con las que realiza sus labores y a las particularidades, fisonomía, legado, necesidades, reclamos y anhelos de la región.

Simultáneamente, la política cultural que desarrolle la universidad deberá conectarse, ser parte, corresponder y relacionarse con el espíritu mismo de las comunidades, pueblos, regiones, ciudades, barrios y grupos sociales de la entidad, es decir, con el patrimonio cultural intangible de Puebla.

Lo anterior no implica de ninguna forma desentenderse del estudio, defensa, difusión y preservación del patrimonio cultural tangible de la región.

Por supuesto, la política cultural universitaria debe dar un lugar destacado a las más significativas expresiones artísticas clásicas y contemporáneas: pictóricas, musicales, escultóricas, cinematográficas, arquitectónicas, escénicas y literarias, a través de actividades dinámicas, flexibles pero constantes y diversas, tanto en concepción como en ejecutantes, que sean propuestas atractivas y renovadoras, por su contenido y también por sus tarifas, para los profesores y estudiantes universitarios y variados públicos de las ciudades y regiones del estado de Puebla.

Enrique Condés Lara