Re-incidente

Movilidad (es)

Mi experiencia ha sido principalmente peatonal en el Sur-Poniente de la ciudad de Puebla. Para mí la movilidad en automóvil y específicamente, en automóvil particular, se reduce a etapas breves, muy precisas, así como a relaciones establecidas a lo largo de mi vida.

El transporte público ha sido por excelencia el medio por el cual me movilizo en la ciudad, en lo que respecta a trayectos largos, considerando transporte colectivo y particular. Así mismo, he desarrollado un gran gusto por caminar y por la bicicleta, incorporándolos como parte importante de mi movilidad cotidiana.

Si bien, mi experiencia (y la de miles de personas) en el transporte público amerita una serie de reflexiones, que bien pudieran llevarnos a temáticas muy variadas, en este momento me centraré en compartir mi experiencia al caminar y rolar por las calles.

Caminar, dice el antropólogo Esteban Krotz, es la experiencia totalizadora por excelencia. Caminar, en tanto desplazamiento físico y simbólico, es poner en sintonía los sentidos con el entorno, es una forma de relacionarse con los elementos del paisaje, en la medida que se les aprehende a través de la caminata.

El gusto, tacto, olfato, oído y la vista se despliegan y registran la experiencia; caminar permite re-conocer el territorio e incorporarlo a la trama cultural del caminante.

De tal manera que se distinguen caminatas de esparcimiento, de exploración, caminatas que producen miedo o caminatas relajantes. Entre estas modalidades, es posible hablar de la caminata como medio de transporte, es decir, el caminar como la forma de traslado funcional, que algunos sectores poblacionales incorporan a sus traslados “productivos”.

La bicicleta también ha sido utilizada como el medio de transporte de muchos sectores a lo largo de diversas épocas de la ciudad, así como de la zona metropolitana en su proceso de expansión, incorporando localidades y poblaciones que en un principio no figuraban en la mancha urbana.

Desde mi experiencia como peatón, puedo afirmar que la ciudad no está hecha para caminar ni para trasladarse en bicicleta. Me parece que es necesario reflexionar en torno a la configuración urbana en relación con estos dos medios de transporte.

La actual ciclopista sobre la Vía Atlixcáyotl, busca generar un eje metropolitano que permita la inserción de movilidades no motorizadas en la afluencia de esta gran avenida. Sin embargo, se queda corta en cuanto a la conectividad de la misma vía con otras avenidas, es decir, la construcción conforma un recorrido que inicia en un punto ciego en el Sur y se conecta con otros circuitos en su costado Norte, pero carece de interconexiones con otras avenidas, de las cuales se derivan otros recorridos.

Y me refiero a otros recorridos porque el tipo de recorrido que fomenta este proyecto, es un recorrido de esparcimiento, un traslado recreativo que funciona en relación con el entorno de la naturaleza artificial que lo compone.

Así, el traslado no corresponde con la funcionalidad del eje metropolitano de la Zona Territorial

Atlixcáyotl, sino que dispone los sentidos hacia la contemplación, lo cual implica que las conexiones de esta construcción, con avenidas aledañas, resulten insuficientes por la conformación espacial de cada una de estas calles.

Tal es el caso de la Avenida las Torres y Cúmulo de Virgo, que al incorporarse a esta ciclopista, carecen de elementos urbanísticos para continuar con el traslado, por lo que un viaje a pie o en bicicleta, en este cruce de vialidades, brinda dos sentidos de recorrido y al mismo tiempo no deja de privilegiar al automóvil como unidad mínima de criterio de transporte.

Cada uno con una lógica urbanística: una que privilegia el esparcimiento en donde la caminata y bicicleta se reducen a recursos recreativos de sectores privilegiados con tiempo para ir de paseo y otra que invisibiliza a otras unidades de movilidad, desplazándolas a los márgenes de la infraestructura, empujando al caminante o al ciclista a la auto instrumentación, entre la banqueta y las veredas, a filtrarse en los resquicios de la modernidad hecha “obra pública”, en donde el ciclista y el peatón se hacen visibles a fuerza de supervivencia, puesto que hay una indefensión pública de estas movilidades.

Alejandro García