Re-incidente

Educación y anticorrupción

“Las escaleras se barren de arriba hacia abajo “y “Predicar con el ejemplo”; son dos de las consejas populares mejor conocidas que, de ser aplicadas, permitirían una vida mejor para todos. Sin embargo, en un mundo en crisis de civilización como el nuestro, estas aspiraciones aparecen como verdaderos sueños de opio. ¿Acaso tenemos que aprender a vivir con un discurso de múltiples moralidades donde se “predica pero no se aplica”?

Al respecto, son muchos aspectos a considerar y pareciera que el problema está claro pero es tan vasto que la pregunta se auto impone: ¿Por dónde empezar? Evidentemente, esta cuestión ética subsiste justamente por las repercusiones que tienen sobre la mayoría las acciones de unos cuantos hasta que se hace insostenible.

La avidez de acumulación de las élites económicas en el mundo, apoyadas y distorsionando cada vez más las acciones del sector público, han dado pie a la actual etapa de desarrollo (que parece anti-desarrollo) capitalista: el crony-capitalism, el capitalismo de amigos.

Este ha sido abordado por Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001. Este término se ha ganado incluso un lugar en el Business Dictionary: “Una economía nominalmente de libre mercado que no obstante se rige por regulaciones preferenciales y otras intervenciones gubernamentales basadas en relaciones personales.

En este sistema, se mantiene públicamente la falsa apariencia de un capitalismo “puro” para preservar la influencia exclusiva de individuos bien conectados”. En buen mexicano: “que están bien palancas”.

Evidentemente, el problema es mucho más complejo. Lo que antes de la Revolución francesa se criticó ferozmente como “privilegios de la Aristocracia” que llevaron a la ruina imperios completos y a sangrientas movilizaciones, parece que se quiere evitar usando nuevas prácticas: la vigilancia de las conciencias, la persecución feroz de lo que parecía la disidencia de unos cuantos con ideas “laxas y perniciosas”, el uso y abuso de lo que Max Weber tipificó como la “violencia legal”.

¿Acaso el cinismo pragmático de Maquiavelo sigue y seguirá prevaleciendo en las formas de la política contemporánea? Evidentemente, la corrupción, la apropiación por unos cuantos de bienes que tienen un origen público, repercute en el deterioro de la calidad de vida y frena la modernización de la sociedad.

Es decir, las posibilidades del desarrollo pleno del ser humano con todas sus potencialidades. Las ahora populares biografías de los grandes capos tienen un común denominador: la pobreza, la marginación, la ausencia de oportunidades en un medio de aislamiento y hostilidad que impiden a cada quien descubrir su propio potencial y que, ante la posibilidad de riqueza y poder por la vía rápida, entran en conflicto con un sistema de valores que aparecen como demagógicos por la incongruencia entre el discurso y el quehacer.

El Índice de Percepción de la Corrupción 2014 hace evidente lo que estamos señalando: “Cuando líderes y altos funcionarios abusan de su poder para usar fondos públicos en beneficio propio, el crecimiento económico se ve minado y los esfuerzos por frenar la corrupción quedan frustrados”, sintetiza el Presidente de Transparencia Internacional, José Ugaz.

 Este instrumento de medición recoge las percepciones sobre el grado de corrupción que existe en el sector público de cada país. Dinamarca y Nueva Zelanda, con un puntaje de 92 y 91 (sin llegar todavía a 100) son los campeones de estos indicadores.

Corea del Norte y Somalia comparten el último lugar, con un 8 dentro de la escala. ¿Cuál es el común denominador entre unos y otros? El compartir justamente niveles de distribución de la riqueza, participación ciudadana e índices de educación diametralmente opuestos. ¿A todo esto qué pasa con México? Sencillamente comparte un puntaje equiparable al de Bolivia, Moldavia, Nigeria, Argentina, Ecuador y China.

Es decir, se encuentra dentro de los más de dos tercios de naciones con puntuaciones inferiores a 50. Esto quiere decir que vivimos en uno de los países más corruptos del mundo. Nótese por otra parte que solo se analiza al sector público mientras que prevalece el desconocimiento de lo que pasa en el seno mismo de la cueva del ogro: los manejos de las grandes corporaciones, de las “empresas”, a quienes el crony capitalismo premia con exenciones de impuestos para “generar empleos que tanto necesitamos”, “impulsar la economía”, etc.

La avidez por objetos materiales, el consumismo atroz, el afán de reconocimiento y poder tienen un resorte psicológico que opera de individuo a individuo y se convierte en un comportamiento colectivo enfermizo: un vacío emocional y afectivo tremendo que solo se puede llenar con cosas.

Luego entonces, ¿cómo revertir esta situación? ¿Aumentando los castigos? ¿Endureciendo el régimen contra la propia población? ¿Asfixiando la desesperación de la población?

Evidentemente, la tarea no es fácil, ni se puede lograr en uno o dos periodos de gobierno. Mientras se siga alabando el proceder de las élites económicas y políticas y se saturan ojos y oídos de la población con sus portentosas obras, lo único que se consigue es acelerar la marcha del tren en una bajada que al final ya no tendrá rieles.

El desarrollo de infraestructura no solo debe pensarse para el transporte de las mercancías y valores materiales sino para el tránsito de las personas y las ideas, la redistribución de la riqueza y los derechos. Es entonces cuando la investigación social y la educación humanística revaloran sus tareas. Se necesita formar técnicos, ingenieros pero con una visión integral. 

Mariano E. Torres Bautista