Re-incidente

Ébola, las epidemias más allá del telón

Segunda parte

Con todo, y a pesar de las declaraciones de Anthony Fauci del Instituto Nacional de Salud, respecto a que pronto se dispondrá de una vacuna para el ébola, los patrones se repiten.

No quisiéramos desconfiar, pero no debemos olvidar que los progresos de la ciencia y la tecnología se han dado siempre en contextos bélicos: las neurociencias son resultado de la guerra contra el terrorismo; la ingeniería aeroespacial es herencia de la Guerra Fría; la ingeniería nuclear y las armas bioquímicas lo son de la Segunda Guerra Mundial; los avances en navegación e ingeniería marítima se remontan a los conflictos armados de los siglos XIX y XX. Para el historiador inglés Eric Hobsbawm la capacidad humana de imaginar es potenciada por su instinto por destruir.

No podemos ignorar el cambio climático como un factor crucial. La naturaleza funciona como un sistema autorregulador. Los resultados de esta “purga orgánica” no son siempre negativos: los duros golpes de la peste negra ocasionados por el agente enterobacteriano Yersinia pestis, descubierto en 1894 y que llevó a la institucionalización de la Comisión India para la Investigación de la Peste, entre 1347 y 1720 diezmaron a las poblaciones y echaron abajo las de por sí raquíticas

Sociedades de entonces

Las actividades familiares se vieron detenidas; el silencio reinó en las ciudades; imperó la soledad en la enfermedad y el anonimato en la muerte; se abolieron los ritos colectivos de alegría y de tristeza; las colectividades fueron incapaces de concebir proyectos a futuro, ya que a partir de entonces la ‘iniciativa’ pertenecía completamente a la peste (Delumeau, 2002).

El resultado: el Renacimiento de las artes, las técnicas y el pensamiento humanista racional, el amasamiento de nuevas fortunas y el encumbramiento de nuevos grupos de poder; imperó un estado de fiesta y el ambiente se impregnó de los colores y los sabores del carnaval. La gente había olvidado el miedo, pero ¿por cuánto tiempo? Como hoy, durante un periodo larguísimo, muchos historiadores sostenían que el foco había sido África, pero tras acaloradas discusiones y estudios se empieza a señalar la región del Cáucaso o incluso el Lejano Oriente como origen. Hace dos años apareció un importante brote de Peste Negra en Estados Unidos, lógicamente, el Gobierno destinó importantes recursos para que no se supiese, e inmediatamente Washington afirmó que el origen habían sido barrios del norte de México. Nunca el hombre blanco es culpable de ninguna epidemia.

Afirmar que toda enfermedad ha sido siempre incubada en probetas, en laboratorios, por hombres de batas blancas, sería un error. Véase el caso de la epidemia de Gripe Española a fines de la Primera Guerra Mundial: ha quedado demostrado que no fue consecuencia de la guerra, pero los desplazamientos de soldados, la falta de higiene y una alimentación inadecuada durante el conflicto, facilitaron al virus crecer entre las poblaciones y cobrar la vida de entre 40 y 50 millones de personas.

Cada quien ve lo que quiere ver, pero lo cierto es que la realidad llega a superar la ficción y la capacidad destructiva del hombre no conoce fronteras. Hace unas semanas, científicos norteamericanos anunciaron la pronta disponibilidad de una vacuna para el SIDA, porque como arma, dicho flagelo es ya obsoleto.

¿Cuál es nuestro fin en este mundo que no nos pertenece? Frecuentemente, llega a ser enigmático porque nuestra especie encuentra un sórdido placer por destruir su hogar y su entorno solo para vivir un poco mejor. Las vidas humanas se han reducido a simples series numéricas con un valor monetario cuya existencia pareciera ser insignificante; parece que vivimos destinados a servir para los experimentos de nosotros mismos.

Pero incluso, en este panorama desolador, asoma un ápice de luz. A pesar del daño y la capacidad destructiva del humano, brotan siempre luces de esperanza. Es el caso del impresionante esfuerzo con el que trabaja el voluntariado de Médicos Sin Fronteras, atendiendo a nuestros hermanos africanos. Y estoy convencido de que tanto es cierto que la ciencia se ha visto sometida por los fines bélicos, como que varios científicos buscan dar un viraje a este hecho y devolver la ciencia a su fin fundacional: ayudar a una coexistencia armoniosa al ser humano y su entorno natural.

Octavio Spíndola Zago