Re-incidente

Dios es redondo (I)

Para muchos países, la realización del torneo en su patria o, incluso, la participación del equipo nacional, es un hecho histórico de gran relevancia.

Por ejemplo, la victoria alemana en la Copa Mundial de Fútbol de 1954 es considerada como uno de los momentos claves en la recuperación anímica de dicho país tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Son muchísimas las historias que hay sobre la utilización del deporte por la política y viceversa, de la política por el deporte. Casi todos los días se presenta una nueva. Gobernantes que se retratan con campeones para hacerse de popularidad; futbolistas y atletas de algún país árabe brindando sus victorias al Islam; o bien, futbolistas y atletas de algún país árabe denunciando a gobiernos fundamentalistas; futbolistas aprovechando partidos para denunciar la guerra, como pasó durante las sucesivas guerras en la antigua Yugoslavia; jefes de gobierno y generales usando futbolistas para hacerles campaña, como ocurrió también en algunos de los países surgidos de la desintegración de Yugoslavia; equipos que se utilizan para hacer jugadas políticas, como fueron los encuentros de ping-pong entre estados Unidos y China Popular, en abril de 1971, llamados “diplomacia del ping pong”.

Incluso, durante las cuatro décadas de Guerra Fría, los Juegos Olímpicos fueron considerados una suerte de frente de batalla y no como la máxima justa deportiva mundial.

El deporte es un elemento de mucho peso en la sociedad contemporánea. En un doble sentido, dejó de ser una actividad circunscrita o exclusiva de elites, como fue durante gran parte de la historia de la humanidad: por una parte se popularizó, esto es, porciones significativas de la población practican hoy cotidiana u ocasionalmente alguna disciplina; por otra, segmentos mucho más amplios se identifican, se mantienen atentos o participan como simpatizantes o seguidores de equipos o figuras de algún deporte.

No puede entenderse o explicarse en toda su complejidad el mundo actual sin tomar en cuenta al deporte. Sus roles como factor de cohesión y de movilización social; como constructor o reforzador de identidades; como catalizador de emociones, tensiones y aspiraciones; como fuerza económica; como instrumento político; como vehículo de salud y desarrollo físico; y como mecanismo de esparcimiento y diversión, le confieren el rango de manifestación cultural, es decir, de forma de ser o expresión de nuestra civilización. “La naturaleza social del deporte, explican los especialistas en la materia, remite a su ubicación en la vida de las personas como una parte sustancial de su realidad”.

“El deporte se experimenta, se ve, se vive, se siente como algo propio; de ahí que constituya una parte de la vida cotidiana de millones de personas. En este sentido, esta costumbre tan extendida por todo el mundo a finales del siglo XX puede entenderse como una cultura característica de la contemporaneidad que puede ser perfectamente identificada, pero al mismo tiempo, convive actualmente en perfecta armonía con la cultura moderna e industrial hegemónica”.

Es tan grande la importancia del deporte que no hay gobierno que no lo utilice políticamente en algún momento dado. Aunque todos lo nieguen, y hablen de que el deporte es ajeno a la política y debe permanecer al margen de la política, no hay uno solo que se pueda sustraer a esta realidad y se resista a emplear su considerable capacidad de convocatoria, su atractivo popular, sus posibilidades legitimadoras y cohesionadoras para propósitos ideológicos, políticos o de gobierno.

Futbol es pueblo

Pero del abanico de prácticas, juegos y especialidades deportivas que se cultivan, sin lugar a dudas, el futbol soccer ocupa el primer lugar de las preferencias ciudadanas.

Ningún otro arrastra multitudes de tal dimensión y con tal pasión como este. Su evento cumbre, la Copa Mundial, paraliza continentes, al menos durante los encuentros estelares.

De acuerdo a la encuesta financiada por la Federation Internacionale de Footbal Association (FIFA), organismo rector de este juego, en el año 2000, 250 millones de personas (4.1% de la población mundial) lo practicaban regularmente y existían 1.5 millones de equipos.

Dos años más tarde, la Copa Mundial de 2002, celebrada en Seúl, fue vista por 2,000 millones de espectadores y tan solo el partido final por 1, 100 millones de personas.

Y la actual Copa Mundial del Brasil está siendo vista por cerca de 2,500 millones de personas. La devoción de la gente por el fútbol es tan grande que ha sido utilizada por gobiernos autoritarios como pretexto para dirimir sus diferencias.

Rogelio Rico Lara