Re-incidente

Corazón infartado

Ese corazón que latía del lado izquierdo del pecho… ¡se infartó! Un ciclo se cierra, como serpiente que se muerde la cola, de la masacre de estudiantes de izquierda a manos de los cuerpos represivos del estado mexicano en 1968, a la masacre de estudiantes de izquierda por autoridades municipales en el Estado de Guerrero, luego de sucesivos gobiernos de izquierda, en 2014 y en alianza con el crimen organizado.

Ya anteriormente en la ciudad de México, vimos como se causó la muerte de nueve jóvenes estudiantes, adolescentes de ambos sexos, cuando celebraban el fin de cursos en un local alquilado, en una colonia popular sin molestar a nadie, asaltados y retenidos por la policía de la capital del país, gobernada por la izquierda, en un operativo de secuestro y extorsión a gran escala.

Con sus excepciones, los abuelos del 68 y los ex-guerrilleros que participan o han participado en esos y otros gobiernos, en los partidos políticos o en instituciones públicas, o que tienen acceso a foros de opinión, los intelectuales y artistas que siempre están dispuestos a solidarizarse contra las injusticias y abusos de poder de los gobiernos, fueron incapaces de exigir deslinde de responsabilidades y castigo a los responsables (dos de las seis peticiones del 68).

No hubo de su parte el mínimo gesto de autocrítica, de solidaridad con las familias dolientes, sólo el silencio cómplice ante la infamia. 

Ansiosos por encontrar al macho cabrío que guíe el rebaño han traficado la franquicia de “izquierda” al mejor postor, lo mismo políticos ambiciosos dispuestos a enarbolar cualquier  causa que les sea útil a sus intereses o primitivos comunistas  que sueñan con “tribunales populares” para impartir “justicia revolucionaria” e imponer sus dogmas políticos, históricos, económicos a punta de palizas y humillaciones, a sabiendas de que los “más avanzados”, “más politizados”, “más conscientes”, “más comprometidos”, guardan y guardarán silencio o ingeniaran un discurso, una narración que justifique el crimen y la corrupción de “los buenos”.

Estoy avergonzado, y no de los auténticos fanáticos, esos me atemorizan pero no son responsables de nada, son personas “habitadas”, “poseídas” por algunas ideas fuertes, ideas imágenes convertidas en sentimientos, más fuertes que cualquier raciocinio.

No, de los otros, los que hicieron un modus vivendi de su supuesto compromiso social,  los que privatizan en su beneficio la historia y los símbolos, los que no han renunciado al culto a la personalidad, al autoritarismo del cacique, a la secta manipuladora, a la falsa democracia de la plaza y la mano alzada, a las matonerías y al engaño de todo tipo porque “el fin justifica los medios”; los académicos en busca de pueblo y trascendencia que prefieren mutilarse una mano, extirparse un ojo o un hemisferio cerebral, para no ver lo que hace la izquierda, no tener malos pensamientos ni cometer el pecado de la discrepancia.

El pensamiento crítico se ha reducido a una serie de coléricas reacciones ante las villanías de los adversarios; coyuntural, pragmático, inescrupuloso y convenenciero, el “pensamiento de izquierda” ha olvidado sus afanes científicos que, aunque erráticos, marcaban una búsqueda, señalaban en cierto sentido, una dirección que, al paso del tiempo, no era favorable a dogmas y certezas absolutas.

En cambio, se ha vuelto “zapatista”, “villista”, “guadalupano”, nacionalista, mexicanista, multiculturalista y procura mantenerse muy cerca del pensamiento mágico, con espacios, ideas, palabras, principios o valores considerados “sagrados”, sabiendo que todo es susceptible de ser sacralizado o demonizado en el imaginario colectivo. Hace tiempo que el espíritu revolucionario abandonó el pensamiento de las “izquierdas” mexicanas, desposeyéndolo de todo significado, convertido en una franquicia anacrónica.

Eduardo Garduño León