Re-incidente

La Asociación Católica de la Juventud Mexicana

A principios del siglo XX existían una multiplicidad de organizaciones apostólicas en México, entre las más sobresalientes: las Congregaciones Marianas, la Adoración Nocturna, los Caballeros de Colón, las Sociedades de San Vicente de Paul, las Voluntarias Vicentinas y las Órdenes Terceras. Ante dicho panorama, ¿qué hizo  diferente a la ACJM? En primer lugar, se trató de una propuesta juvenil. Dado que la sola piedad no era suficiente en un México convulso, urgía el espíritu apostólico. La trasformación de las prácticas devocionales se hizo eminente, los “acejotaemeros” (nombre dado a los militantes de la ACJM) cambiaron los rezos interminables por el compromiso evangelizador. Estos jóvenes se dispusieron a propagar sus convicciones católicas en la vida cotidiana, a incidir directamente en la realidad social.

Los miembros de la ACJM tomaron el estandarte de un proyecto de nación católica. De la mano del jesuita francés Bernardo Bergöend, la ACJM fue fundada en agosto de 1913. Su finalidad es expresada por Antonio Ibargüengoitia, antiguo militante: “formación integral de los jóvenes mexicanos, teniendo como base las enseñanzas del evangelio y las encíclicas papales”. Y no se crea que aquello de integral fue un adjetivo sin importancia, por el contrario, un “acejotaemero” contaba con formación religiosa, vida cristiana, acción social y preparación para la acción política.

Los jóvenes aprovecharon dos organizaciones previas, la Liga Nacional de Estudiantes Católicos y el Centro de Estudiantes Católicos, las cuales se transformaron en la ACJM. Destacan la participación de Luis B. Beltrán Mendoza, Pedro Durán y Jorge Prieto Laurens. Sin embargo, la ACJM se distinguió por aglutinar a jóvenes de todos los niveles, no únicamente al elemento católico estudiantil. Bajo el lema Por Dios y Por la Patria, los jóvenes se dispusieron a trabajar, realizaron círculos de estudio con materias de religión, apologética y doctrina social de la Iglesia. El estudio se complementó con actividades culturales y deportivas. Los “acejotaemeros” se enrolaron en empresas de catequesis y publicaciones con la finalidad de extender la organización. Por supuesto, la ambigüedad se hizo presente en el campo político: por un lado se estableció la nula participación de la ACJM en contiendas electorales, al tiempo que se pedía su presencia como ciudadanos en defensa de la libertad política y religiosa. La cuestión estaba clara, el cambio político inspiraba.

La posibilidad de actuar se dejó entrever ya en tiempos maderistas y los logros no decepcionaron a esta primera generación de jóvenes metidos a evangelizadores y políticos. El año de 1913 inauguró un período sin igual: no tan solo se abría la escena política y la creciente relevancia del seglar resultó evidente, además debían sumarse las posibilidades que un mundo moderno permitía, ahí estaba el partido político y la prensa. Así, los “acejotaemeros” buscaron la restauración del orden social cristiano en la familia, la universidad, el trabajo, la economía, el sindicato, en todos los ambientes temporales.

Tiempos de guerra

En los primeros trece años de vida, la ACJM respondió a las urgencias de su tiempo mediante la formación de líderes cristianos para influir en los campos estudiantil, laboral, cívico y político. Su actuación no se mezcló  con el enfrentamiento armado. Guardaron su distancia del campo de batalla y no se entendieron con el fusil. Los socios de la ACJM igual apoyaban al Partido Católico Nacional, que siguieron con sus círculos de estudio. A la par que buscaron anexar otras organizaciones a la suya, se inclinaban por abrir nuevos grupos de acción juvenil en otros lugares. A un mismo tiempo, se indignaron por las limitaciones impuestas por el callismo a la Iglesia y prosiguieron con sus publicaciones, pero el movimiento revolucionario fue implacable. Desde la óptica católica, la Revolución fue sinónimo de persecución.

La jerarquía eclesiástica no saludó con simpatía los tiempos revolucionarios. Por el contrario, para los obispos, la Revolución alcanzó significados negativos, fue llamada “hidra” y culpada de la destrucción total de poblaciones. No había lugar a dudas, la Revolución exigía la defensa de la religión. Los “acejotaemeros” no rehuyeron la confrontación, junto con otras agrupaciones católicas constituyeron en 1920 la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Posteriormente, surgió la    Unión de Católicos Mexicanos), organización mucho más combativa y comprometida totalmente con la lucha  armada.

La ACJM y la U compartían miembros y formaron un grupo armado. Los “acejotaemeros” no dudaron en engrosar las filas de los cristeros. Algunos se pusieron a las órdenes del general Enrique Gorostieta, algunos más sirvieron como coordinadores de los jefes cristeros, organizadores de peregrinaciones y procesiones para apoyar a los cristeros. La idea de luchar se radicalizó y se tornó sangrienta. La defensa de Dios y de la Patria se materializó.Los enemigos: Calles, la Constitución de 1917, el liberalismo, la enseñanza laica, la misma revolución. Los católicos tuvieron su guerra.

En la segunda década del siglo XX, la ACJM se convirtió en una organización combativa, las necesidades del momento lo requerían. Su máximo postulado, llevar el reino de Cristo al ámbito temporal, no pudo resistir pacíficamente, se tiñó de sangre y pólvora. Lo anterior encarnó un riesgo para los arreglos celebrados entre los obispos y el gobierno mexicano en 1929. Organización, ímpetu y coraje no eran una buena mezcla bajo las nuevas circunstancias. Los jóvenes debieron someterse para no desaparecer y, en 1929, se sumaron con la Acción Católica Mexicana, organización que sirvió a los obispos para contener y reencauzar la fuerza del laicado. Lo que interesa en este momento no es solo saber del conflicto Iglesia-Estado, no se trata de hablar inequívocamente de los obispos y los presidentes, de las limitaciones constitucionales o de los arreglos.

Hay que remontar esta versión y concentrarnos en otros participantes un tanto anónimos, explorar en sus modos de participación y experiencias. Los “acejotaemeros” no anduvieron solos, fueron amparados por Monseñor José Mora y del Río y por los razonamientos del padre Bergöend; también es preciso reconocer la gran iniciativa juvenil existente en la ACJM.

Karol Méndez Polanco