Los ilustres olvidados

Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.

José Saramago


Un importantísimo aniversario vinculado a uno de los jaliscienses más ilustres y devotos de la construcción de un proyecto de nación donde imperaran las leyes, pasó sin gloria y mucha pena para los funcionarios culturales y educativos de las actuales administraciones estatal y municipal (de Guadalajara), para las barras y colegios estatales de abogados y para todos los juristas y profesionales de las leyes. Me refiero al bicentenario del natalicio (4 de febrero) de Mariano Otero Mestas.

En la época en que este país iniciaba apenas su proceso para cobrar conciencia de sí mismo como nación independiente y caía en la cuenta de la necesidad de dotarse de las instituciones y de los instrumentos jurídicos necesarios para regular sus relaciones internas y externas, Mariano Otero, puso en el centro de esa reflexión la preeminencia de los derechos inherentes a cada persona ante los actos de autoridad que pudieran atropellarlos o negarlos.

Nació en 1817 y falleció, con apenas 33 años de edad, en 1850 (31 de mayo). Durante su corta pero muy productiva vida profesional y política, fue diputado al congreso constituyente de 1842 desde dónde se opuso al proyecto de constitución centralista promovido por Antonio López de Santa Anna; osadía que le costó ir a la cárcel y experimentar en carne propia las injusticias a que puede ser sometida una persona por parte de las instituciones gubernamentales.

A partir de los atropellos que experimentó durante su encarcelamiento, Mariano Otero (junto con Manuel Crescencio Rejón) se dio a la tarea de diseñar un instrumento jurídico al servicio de la defensa de las garantías constitucionales que el Estado mexicano otorga a las personas frente a los actos de autoridad que los nieguen o transgredan; dicho mecanismo es lo que hoy se conoce como Juicio de Amparo y por mérito propio se considera uno de los medios de control jurídico más visionarios de nuestra historia.

Su incorporación a la Constitución tuvo que esperar hasta 1857 (siete años después del fallecimiento de Otero) y desde entonces ha formado parte de la cultura legal y sociopolítica mexicana. Apenas unos años antes, en 1813, el Ciervo de la Nación, José María Morelos y Pavón en la víspera de la instalación del Congreso de Chilpancingo habría sentenciado: “Que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo proteja contra el fuerte y el arbitrario”; de esta magnitud era el entendimiento de Otero sobre la necesidad de justicia para las personas en nuestro país.

En estos momentos en que es indispensable crear consciencia a nivel regional, estatal y nacional sobre la cultura de la legalidad, el desprecio por la trascendencia del bicentenario del natalicio de Mariano Otero como jurista adelantado a su época y como servidor público patriótico, resulta profundamente lamentable. Tal parece que los actuales funcionarios educativos y culturales de Jalisco y de Guadalajara y el gremio de abogados, ignoran y desprecian por igual la dimensión histórica de quien es el padre de la defensa de los derechos humanos en México y el valor de sus tempranas aportaciones a su institucionalización ante los abusos del aparato gubernamental y de Estado.

Como contra ejemplo de esta ignorancia e indolencia, recordemos que en diciembre de 1927, en el Ateneo de Sevilla, una generación de jóvenes poetas se reunió para conmemorar el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, máximo exponente de las letras hispanas durante el siglo de oro. Eran parte de este cónclave intelectual varias de las más destacadas plumas de la época: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Juan Chavás y José Bergamín. Así nació la llamada Generación del 27, con un acto de celebración del gusto por la vida auspiciado económicamente por el torero Ignacio Sánchez Mejías. Del sentido homenaje a uno de los grandes de las letras surgieron varios de los nombres más universales del siglo pasado en la poesía y la prosa hispanas. Aquí y ahora la historia, los derechos humanos y las lecciones de vida son llanamente ignoradas.

Se aproxima el 105 aniversario del natalicio de otro jalisciense destacado: José Pablo Moncayo. Historiadores y expertos lo consideran uno de los músicos mexicanos más destacado de todos los tiempos. Para algunos, en diversas partes del país, puede resultar ajeno el nombre de José Pablo Moncayo, pero en cuanto escuchan su composición más célebre: “Huapango” (que data de 1941), identifican la pieza musical llamada “el segundo himno mexicano”. Conocedor de la vanguardia musical de su época, desarrolló un estilo musical libre alimentado de la musicalidad que brota de la cultura popular mexicana. Huapango es la recreación y arreglo para orquesta sinfónica de tres de los sones más coloridos y fluidos que la rica tradición musical de Veracruz nos ha dado: “El Siquisiri”, “El Balajú” y “El Gavilancito”.

Durante las celebraciones del 15 de septiembre es ya una tradición que después de escuchar el Himno Nacional se dé paso a Huapango como expresión viva de la mexicanidad. De esta tradición surge que Huapango sea considerado el segundo himno nacional. La pieza sinfónica fue escrita por Moncayo a petición expresa de Carlos Chávez y se estrenó en 1941 en el MoMA de Nueva York para acompañar una muestra artística nacional.

Con seguridad, todo esto es ajeno y lejano para las burocracias estatal y municipal de la capital que se encuentran ocupadas en frivolidades y han olvidado cumplir con sus responsabilidades más elementales como lo son la preservación y difusión del legado histórico y cultural de nuestra entidad y de nuestra ciudad. Muestra de ello son el evidente abandono y deterioro en que se encuentra la calzada de los músicos o el escandaloso y ofensivo silencio oficial ante las fechas significativas en la vida y obra de un ilustre hombre público como Mariano Otero.

Pobres de aquellos que ignoran la historia, su destino no es repetirla sino vivir en la oscura mediocridad.

@VargasLopezRaul