Umbral

Ciudadano del mundo

Apenas llego. Tengo fresco el recuerdo.

Casi siempre, no todos los días, le encuentro y es grato.

Antonio Ordoñez –vaya el nombre- homónimo del legendario vástago de Cayetano el rondeño Niño de la Palma.

Siempre de buen humor, a flor de labio el recuerdo de su Granada lejana.

Por ahí, por ahí, asoleándose en invierno y bronceándose en verano, en lo cerca del teatro Degollado.

No es hombre de mil oficios, nunca –según él- ha trabajado. “¿Pero para qué? Si ya con recorrer el mundo me ha bastado.” Aunque no lo viene bien el epíteto “Vagabundo”, “¡No hombre qué va! soy ciudadano del mundo”. Con todo un anecdotario de amoríos y encuentros amistosos en la Patagonia y en el centro de Europa. ¡Ah! y en Patzcuaro.

Una de tantas veces, -por casi ser vecino de la zona- le encontré ya tarde, a las cuatro quizá, le respondí al cuestionar mi prisa y la hora. “No he comido”. Sin chistar sacó de su bolsillo un billete de cincuenta pesos. Generoso y aseado, siempre pulcro. “¡Gracias Antonio pero no es por falta de un duro!”. Pero aprendí que cuando escasea el parné existen restauranteros piadosos, que ofertan la venta no realizada, hasta en diez pesitos y el buen Ordoñez me indicó con el dedo de señalar, uno de los comederos.

Me ha dicho que es amigo del cardenal al que le gusta escuchar de lo que le queda de voz, la poesía del siglo de oro español. Lope de Vega, Cervantes, Góngora y Argote. No me he quedado con la gana de escucharle, cuando aún lo hacía, rumbas aflamencadas, el cante grande- reconoce- es otra cosa… celoso como buen guardián de su arte trashumante, crítica a Diego el Cigala  por ser madrileño y promocionado en demasía. “Yo soy de Graná”.  También es amante de Lorca de quien reza de memoria y rememora a Antoñito El Camborio y a la Casada Infiel. Sin dejar de reír al   traer a cuento al bachiller Sansón Carrasco.

Le he visto, casi espiándole, regodearse con la devoción del melómano, sombrero en mano, respetuoso, algún domingo en catedral  escuchar al coro de infantes.

Una vez le pregunté si creía en Dios, contándole aquella historia del asesino del pueblo publicada por Hermenegildo L. Torres hace ya, muchos años. En la  que llegó a confesarse apuntando al cura con su pistola. “En que te puedo auxiliar hijo mío- dijo el párroco afligido- a lo que el sátrapa respondió. “Me acuso padre de que todo el que me ha contradicho alguna vez, me lo he quebrado. El confesor preguntó de nueva cuenta “Y tú crees en Dios” respondiendo ya molesto el confesante “ ¡No! Entonces el cura espetó. “Ni te lo recomiendo”.  Ya que si los tratamientos médicos no le remediaban su afonía, había sesiones de sanación en algunos templos de la ciudad. En  María Madre de la Iglesia al oriente de Guadalajara en donde la sagrada eucaristía sangró. Me dijo que ya no le interesaba recuperar el volumen. Entonces le dije que nadie perdía nada pero nosotros y el arte sí. 

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