La autoridad en el hogar

La sociedad concedió a los padres el deber de formar a los futuros ciudadanos de nuestro país y esa responsabilidad sirve de base a su autoridad ante los hijos.

La educación comienza en la edad en que ninguna demostración lógica ni alegato de derecho son posibles. El sentido mismo de la autoridad consiste precisamente en que no exige demostraciones, que se acepta como una dignidad indudable del mayor, cuyo valor se impone ante el niño.

El padre y la madre deben tener esta autoridad, pues sin ella es imposible la educación. Sin embargo, en estos tiempos es frecuente oír a los padres quejarse de que su hijo “no obedece”; esto es una clara señal de que los padres carecen de autoridad sobre él.

Desgraciadamente hay padres que tratan de cimentar la educación en bases falsas. Una autoridad estructurada sobre bases falsas sirve solamente por poco tiempo, en corto tiempo no queda ni autoridad ni obediencia en los hijos.

El ruso A. Makárenko habla de que existen muchas clases de autoridad paterna falsa:

La autoridad de la represión. Es la más temible, aunque no la más dañina. Los que más sufren con ella son los mismos padres. En los hechos la autoridad de la represión se traduce en que el padre grita y riñe siempre, acude al palo o al cinto por cualquier motivo, responde a cada pregunta con una grosería y castiga cada culpa del niño. Mantiene atemorizada a toda la familia; no sólo a los hijos, sino también a la madre. Es perjudicial ya que además de intimidar a los hijos convierte a la madre en un ser nulo, apto sólo para ser sirvienta. No educa sino que, se limita a habituar a todos los miembros a mantenerse lejos del terrible padre, engendra la mentira y la cobardía. Niños oprimidos serán más tarde hombres insignificantes o déspotas vengadores. Es la autoridad más salvaje y casi siempre se encuentra entre padres incultos.

La autoridad del soborno. Es la forma más inmoral: la obediencia se compra con regalos y promesas. Los padres le dicen al hijo: si obedeces, te compraré tal o cual cosa. Se puede premiar la dedicación al estudio, el cumplimiento de alguna tarea del hogar difícil, pero en ningún caso por obedecer.

Existen casos se despreocupan de toda cuestión, carecen de ideas al respecto y arrastran como pueden la carga de la educación de sus hijos. Un día se enojan y los castigan por cualquier cosa, al día siguiente les confiesan su amor, más tarde les prometen algo y luego los castigan de nuevo. Sus recursos carecen de coherencia y saltan de uno a otro con tal incomprensión de lo que hacen.

Hay familias en que el padre maneja un tipo de autoridad y la madre otro poniendo a los niños en el trance de ser diplomáticos entre el padre y la madre.

Ocurre también que los padres simplemente se despreocupan de los hijos y cuidan únicamente su propia tranquilidad.

La real autoridad en la familia reside en la vida y el trabajo de los padres, en su personalidad y en su conducta. Si cumplen con su misión en forma honesta, racional, si se proponen objetivos importantes, si analizan sus propios actos, poseerán una autoridad real.

El padre debe conocer todos los elementos de juicio desde la más temprana edad de sus hijos, para evitar sorpresas de conflictos que son fáciles de prever y prevenir.

La asistencia paterna debe ser directa. En los casos que sean posibles, conviene proponer al niño que él mismo solucione las dificultades, que se habitúe a superar los obstáculos y resolver los problemas complicados. Pero es necesario observar siempre como lo hace para evitar que se desespere por los tropiezos.

La autoridad y la conducción cuidadosa y atenta se complementan eficazmente con la de la conciencia del propio deber. El niño siente la presencia y la solidaridad del padre, su preocupación racional, la seguridad que le brinda, pero al mismo tiempo sabe que algo se exige de él, que no se hacen las cosas por él, eximiéndolo de responsabilidad.

La autoridad real se funda en la actividad cívica del padre, en sus sentimientos, en su conocimiento de la vida del niño, en la asistencia que le preste y en la responsabilidad por su educación.