Articulista invitado

Rememorando con Del Paso

Conocí a Fernando del Paso en el otoño de 1985, en París, cuando yo trabajaba como ministro de la embajada de México en Francia. La referencia que tenía de él era la del autor de dos libros extraordinarios, pero poco leídos entonces: José Trigo y Palinuro de México. En el segundo me sorprendía encontrar lo que, en mi opinión, era la última gran narración capaz de abarcar todas las esferas del conocimiento humano en el momento de su escritura, tentativa que el posterior avance científico y tecnológico haría hoy imposible: me deslumbraba su erudición sobre medicina, anatomía, historia, política o música, unida al más profundo conocimiento de la condición humana.

A los pocos minutos quedé cautivado por su conversación, una combinación difícil de hallar: humor, cultura, profundidad y calidez. Nos quedamos varias horas platicando en el legendario café Deux Magots. Ya no era el sitio que congregaba a figuras como Picasso, Sartre o Simone de Beauvoir, pero su emplazamiento en el centro parisino y su vista a la iglesia de Saint Germain, que todo el tiempo tuve frente a mí, producían la atmósfera más propicia para compartir el entusiasmo y explorar la fascinación común por la historia, la literatura y la música.

Fernando me contó que había cerrado su ciclo londinense de cerca de 14 años de duración. Su vocación literaria había estado por encima de la comodidad en México de un trabajo enormemente productivo para él en el campo de la publicidad. Decidió entonces, a principios de los años setenta, instalarse en Inglaterra con su familia para escribir una novela sobre Maximiliano y Carlota. Tendría a s u alcance la mayoría de las fuentes que le permitirían la más detallada, profunda y erudita investigación no solo sobre esos personajes, sino sobre su época y la geopolítica de entonces, que tuvo su centro mundial en el Imperio Británico.

Su intención en París era terminar la novela, llegar al momento de discriminar toda la información acumulada, como se lo oí decir, y concentrarse en la redacción final. Era muy clara la manera en que describía este proceso: concluir el papel de la Tortuga en lo referente a la documentación e investigación, y el de Aquiles en cuanto a la imaginación y la forma definitiva.

Después de este encuentro inicial, platiqué con el embajador Jorge Castañeda, a quien le transmití mi entusiasmo por el talento y la conversación de Fernando del Paso. Durante los meses siguientes, Fernando colaboró ocasionalmente con la embajada y, al poco tiempo, fue nombrado consejero cultural en ella, debido a que José María Pérez Gay regresó a México después de cumplir dos años en ese encargo.

El ambiente que vivíamos en la representación, con un lector y hombre de cultura extraordinario como fue don Jorge Castañeda padre, con Álvaro Uribe, con Pérez Gay primero y luego con Del Paso, era el de un templo en que el libro era objeto de culto. Así, entre los textos maravillosos que compartíamos, apareció como un sol la que es, para mí, la novela suprema de las letras mexicanas: Noticias del Imperio.

En esos años, Fernando del Paso no era en Francia un desconocido. Ya empezaba a ser valorado fuera de México. Por Palinuro, en 1982 había ganado el Premio Rómulo Gallegos y en 1986, en París, recibió el Premio a la Mejor Novela Extranjera, después de Salman Rushdie y Vassili Grossman. Esos fueron los años en que Fernando del Paso, además de su espléndido trabajo en la embajada de México, se entregó a la conclusión de Noticias del Imperio.

Pasaron los días, semanas y meses, y una mañana entró a mi oficina y me dijo: "Rafa, te quiero leer algo", y empezó:

"Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, Princesa de la Nada y del Vacío, Soberana de la Espuma y de los Sueños, Reina de la Quimera y del Olvido, Emperatriz de la Mentira: hoy vino el mensajero a traerme noticias del Imperio, y me dijo que Carlos Lindbergh está cruzando el Atlántico en un pájaro de acero para llevarme de regreso a México".

Eran las últimas palabras del último capítulo de la novela y me dijo: "Ayer la terminé". Con su impresionante voz de barítono había comenzado a leer. Fue un momento inolvidable: no pude decir ni una palabra y solo me acerqué a darle el más fraternal de los abrazos. Modestamente yo sabía que acababa de escuchar en voz de su autor las palabras finales de una extraordinaria obra, probablemente la más importante escrita en nuestro país y en nuestra lengua durante el siglo XX.

Presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.