Prácticas Indecibles

Un sueño

A principios de los lejanos años 70, una novela de culto le cambiaba la vida a algunos jóvenes lectores: La pérdida del reino, del escritor argentino José Bianco. Publicada por Siglo XXI Argentina Editores, el libro de pastas negras con un Modigliani en la portada, “El Señor Baranowsky”, iba y venía en secreto como una conspiración de seguidores definitivos.

El legendario principio dice así: “Hay hombres favorecidos por los sueños. Les predicen el futuro como a los héroes de la antigüedad, o les permiten rescatar circunstancias valiosas del pasado. Hacen bien en meditar sobre ellos, en interpretarlos. Hasta no me sorprende que los recojan por escrito, en cuanto se despiertan, para que su tenue y móvil realidad no se disipe o desfigure al contacto con la vida diurna”.

Muchos años después de esa lectura supe que no pertenecía a ese linaje de prodigios. Otro principio le decía a mi vida lo siguiente: hay hombres desfavorecidos por los sueños. Les predicen las sombras del futuro o les traen del pasado cosas intratables.

Confieso algo: sigo con preocupación y menoscabo de mi optimismo las trágicas desapariciones ocasionadas por el cáncer. Había muerto Rafael Tovar y de Teresa. Recordé una de las ocasiones en que me recibió en su oficina de la calle Arenal, me dijo: “Hemos perdido a nuestros hermanos. Vamos a comer y a hablar de ellos”. “Estoy puesto para ese trago amargo”, le respondí. Como al pasar me preguntó: “¿De qué fue tu cáncer?”. “De vejiga”, le respondí”. “Te ves muy bien”, yo crucé los dedos, él cerró el tema y pasamos a otros asuntos que nos hicieron bien alejándonos de nosotros mismos.

Después de la muerte de Rafael Tovar soñé con el urólogo que me sacó adelante de la oscuridad. Vestía una bata de estar a cuadros y unas pantuflas horribles (yo detesto las pantuflas). Caminaba en un pequeño estrado muy preocupado por mi salud (como en los sueños, yo sabía que estaba preocupado). Mi hermano y mi madre, ambos más vivos que nunca, intentaban consolarme (como en los sueños, la emoción era vivísima). La atmósfera onírica me llevaba por otros pasillos de la memoria que importan poco en este momento.

Al despertar me consolé con un breve pasaje de Joseph Addison, el escritor inglés, que a Borges le gustaba citar: “cuando el alma humana sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio”. “Podemos agregar”, escribió Borges, “que es también el autor de la fábula que está viendo”.

La comida con Tovar nunca sucedió.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay