Prácticas Indecibles

Todo pasa y nada pasa

Decía Albert Camus que la nobleza no siempre obliga, pero que la obligación siempre ennoblece. Soy de los que cree que el secretario de Gobernación debió renunciar a su cargo después de la fuga de El Chapo Guzmán del penal de alta seguridad del Altiplano. Esa obligación lo habría ennoblecido y convertido su dimisión en una red protectora para el presidente Peña Nieto. Creo además que la renuncia, cuando es legítima, impone un momento de serio reconocimiento, como una sombra de honestidad verdadera. Sí, quizá se trata de un asunto moral.

No estoy convencido de que durante una crisis haya que empeñarse en conservar nada; si un político no renuncia bajo la tempestad de una acometida, entonces, ¿cuándo?, ¿durante el éxito? El tamaño del escándalo de la fuga debió tener una reacción de la misma madera del desastre. En política, para rehacerse hay que aceptar que algo se ha deshecho, algo se ha roto y es preciso repararlo. No ha sido así y el gobierno transmite de nuevo una señal de disimulo y desconcierto, o de algo peor, de inopia y letargo.

La renuncia de un político no tiene por que ser la desintegración de su vida, puede ser el principio de una reinvención y la llave de un arreglo con el futuro. Todo mundo sabe que en nuestros días mexicanos nos hacen falta políticos dispuestos a jugarse el porvenir por un momento de grandeza. En Anatomía de un instante, Javier Cercas describió así este veneno de la vida pública: en vez de admitir los errores a la luz de la realidad con el fin de corregirlos, atribuirle a la realidad los errores propios.

La fuga de El Chapo Guzmán ha embarrancado al gobierno de Peña Nieto de nueva cuenta. El Presidente ha quedado otra vez al raso, sin capitalizar en nada el éxito de sus reformas, exhibido y criticado por la prensa internacional. Ninguna medalla restallante podrá distraer al mundo del escape increíble de Guzmán Loera.

El secretario de Gobernación ha gastado sus municiones, algunas de ellas bien gastadas, y ha quedado a la intemperie. El episodio de la rebelión politécnica, las concesiones humillantes a la CNTE, los empellones de la fatídica noche de Iguala y la ideología fullera posterior a la tragedia de Ayotzinapa. La huida de El Chapo ha sido demasiado para sus fuerzas, exangüe, perdido, lo mejor sería tocar la retirada. Por todo esto creo que a veces la obligación ennoblece.

rafael.perezgay@milenio.com

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