Prácticas Indecibles

Violencia

Hice un viaje relámpago a Oaxaca, a la Feria Internacional del Libro que año con año convierte a esa ciudad en el centro cultural y literario del país. No necesito repetir que se trata de uno de los lugares más hermosos de México, pero con mala suerte y en malas manos.

Caminé por la calle Independencia hacia los puestos de libros y el estrado en el cual los escritores conversan. Apenas doblé la esquina, vi camiones y muchos policías municipales reteniendo a un grupo no muy numeroso de manifestantes. Gritos, consignas que no escuché, lo de siempre.

En la sala de espera construida con mamparas en el centro del jardín del Zócalo me senté con JM Servín, con quien compartiría la charla, a tomar un trago. Entones sonaron los primeros petardos afuera. Pensé en la CNTE, pero no eran maestros, sino unos estudiantes-porros que protestaban por el nombramiento del nuevo director de la Facultad de Derecho a quien defendían otros estudiantes-porros. Hubo disparos al aire. Las presentaciones de la feria se suspendieron mientras unos estudiantes-porros quemaban la puerta de la facultad.

En un país en el cual han muerto 100 mil personas y otras 20 mil han desaparecido en una terrible guerra sin cuartel, la violencia toma una dimensión nocturna. No me acostumbro a que la violencia sea el pan de cada día, a todas horas, en todas partes.

Dije que Oaxaca había tenido mala suerte y malas manos. Quizá son una y la misma cosa: un gobernador omiso que permitió que un grupo violento tomara no solo el centro histórico de la capital del estado, sino los comercios, el aeropuerto y pusiera patas arriba a esa ciudad. Eso fue lo que permitió Gabino Cué e hizo la CNTE durante mucho tiempo, el mismo durante el cual el operador de Cué, Jorge Castillo, acopio en sus cuentas miles de millones de pesos; no me equivoco: miles de millones de pesos, 7 mil, según reporta la prensa.

Los estudiantes-porros fastidiaron la Feria del Libro de Oaxaca al menos un par de días y, sobre todo, sumieron a la ciudad una vez más en  la incertidumbre. Mientras sonaban los petardos, los organizadores nos pidieron que desalojáramos el lugar por la parte trasera de la sala de espera.

Caminé de regreso al hotel con Jorge F. Hernández. Rápido percibimos el olor picante del gas lacrimógeno. Jorge hizo chistes que me hicieron daño, pues al reírme aspiraba más ese aire venenoso. No me acostumbro a que todo sea violento. ¿Estoy mal?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay