Prácticas Indecibles

Mujeres

Hace algunos años conocí el primer infierno del feminicidio: Ciudad Juárez. Un grupo de amigos y amigas caminamos por la avenida Juárez, una zona franca de bares y antros, después de una mesa de conversación sobre la guerra contra el narco. Hice una reverencia frente al Noa-Noa, templo originario de Juan Gabriel. Entramos a un bar, La Cucaracha, último escalón oscuro antes de que la calle desparezca en uno de los puentes que conduce a la frontera y el paso a Estados Unidos.

La noche llegó a la estación violenta de las Muertas de Juárez. Recuerdo a Lydia Cacho hablando en aquella mesa y explicando que una de las causas de los asesinatos bien podía ser una mezcla de migración, organizaciones criminales del narco y algo que podría llamarse la venganza de la rebelión de la intimidad.

Las mujeres de las maquiladoras habían logrado una vida mejor que los hombres, fantasmas rurales en busca de una vida en el norte o un futuro en Estados Unidos. Las mujeres vivían solas y libres, ganaban un dinero que les permitía arreglar un departamento, comprar ropa del otro lado y sobre todo adquirir una intimidad soberana. Los hombres, en cambio, muchas veces se habían perdido en el desempleo y la desesperación del fracaso. La migración les otorgó a los hombres que viajaban a Ciudad Juárez el anonimato. La ausencia de identidad puede ser una puerta para ingresar a la delincuencia.

Recordé aquel encuentro en Ciudad Juárez mientras leía las noticias del asesinato de Mara Fernanda Castilla Miranda. Ese primer infierno se ha reproducido en todo el país. Los números que ha reportado Eduardo Guerrero después de estudiar las cifras del Inegi son escalofriantes: hay un aumento significativo en el número de víctimas de homicidio. Durante el sexenio de Calderón fueron asesinadas un promedio de 2 mil 51 mujeres al año, una cifra macabra. Durante los primeros cuatro años del gobierno del presidente Peña, el promedio anual de mujeres asesinadas aumentó a 2 mil 544, un incremento de 25 por ciento. Explica Guerrero que las mujeres que corren mayor riesgo son aquellas que estudian o trabajan en centros urbanos distintos a su lugar de origen. Del mismo modo, la desaparición de mujeres es muy alta en los lugares donde operaban las células de los Beltrán Leyva, La Familia michoacana y el cártel del Golfo.

Estos números nos gritan a la cara que algo anda muy mal. Si un monstruo puede ser chofer de una empresa y asesinar a una joven después de someterla, secuestrarla y llevarla a un motel, no valemos un peso. Somos capaces de salir a ayudar a nuestros hermanos en desgracia arrasados por el sismo, pero ¿no podemos hacer lo mismo con las mujeres?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay