Prácticas Indecibles

Mariguana

Nunca fumé mariguana como lo hicieron otros compañeros de la escuela preparatoria que nos dio buenas armas para ir a la universidad. Me daba miedo, me parecía una droga maléfica, satánica. En cambio el alcohol, lo tomábamos sin problema y sin control. No me gustaba la mota, me dormía. Una leyenda informaba que con mariguana el sexo era una locura. Nunca investigué; bueno, lo investigué, pero sin mariguana.

Un joven maestro de la preparatoria invitó un fin de semana a tres o cuatro de sus alumnos destacados a su departamento. La idea era conocer los límites fumando mariguana. Como otras veces dije que sí, ahí estaré, dispuesto a conocer mis abismos. Obvio, no fui. Hasta la fecha no me asomo a mis abismos. Pero fueron otros compañeros. El lunes siguiente me informaron que al menos un amigo había quedado tirado horas y horas en el piso después de conocer su abismo. Ese amigo se llamaba Sergio González Rodríguez y nunca dejó de reclamarme aquel abandono. Cuántos joints (así se decía) se metieron, le pregunté. Muchos, no recuerdo. Me dio más miedo que nunca la mariguana.

Como en las novelas, los años pasaron. Un día decubrí que mi hijo de 16 fumaba mariguana con sus amigos. Gran escándalo. Lo fustigué y lo convencí de que era una basura humana. Como debe ser, él siguió fumando y yo condenándolo a los infiernos, como en una película de Fernando Soler: ¿qué hice para merecer esto? Luego me enteré de que mi hija también fumaba cuando le daba la gana. Le dije algo que nunca pensé decir: eres una mosca muerta.

Siempre estuve a favor de la legalización. Vino la guerra del narco y me volví un defensor definitivo de la despenalización de las drogas, de todas, y en especial de la mariguana. Me sentí avergonzado y triste. Lo cierto es que no podía impulsar el consumo de canabis en casa, no quise.

Cuando el presidente Peña, les recuerdo que fue Peña, impulsó una reforma al consumo de la mariguana, leí que entre otros beneficios estaba el combate al sueño alterado. Me interesó, pero no fumo, no me gusta fumar. Un amigo me consiguió gotas de mariguana. Me dijo: dos en la noche, no más porque no quieres colocarte, sino dormir.

Desde hace algunos meses tomo gotas de mariguana para dormir. Duermo bien o mejor que antes. Pero con mis hijos todo se ha trastocado. Una noche mi hijo me dijo: ¿me das unas gotas? Las compartí. Todo ha cambiado, quizá para bien, pero yo me siento en Sodoma y Gomorra.

rafael.perezgay@milenio.com

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