Prácticas Indecibles

El intelectual más famoso del mundo

La vida juega a los dados con la fortuna de los hombres. Foucault estaba en la cima de su existencia, en plenitud de facultades, a punto de iniciar el fértil capítulo de su segunda madurez y el principio de la vejez.

Cuando Michel Foucault se enteró de que tenía Sida, lo primero que hizo fue comprarse un boleto de avión para ir a San Francisco. Fue directo a los salones sadomasoquistas. Más de un amigo, o enemigo, contrajo un Sida originado en las fantasías realizadas de una de las mentes más brillantes del siglo XX. Las orgías suicidas ejercían en él un hechizo insólito.

He vuelto a la biografía de James Miller: La pasión de Michel Foucault ahora que su nombre regresa a 30 años de su muerte y que sus libros vuelven de entre los muertos de las bibliotecas para recordarnos que el día de su muerte, el 25 de junio de 1984, Michel Foucault era el intelectual más famoso del mundo. El público lector conocía su obra puesta en dieciséis idiomas. Los académicos del mundo estudiaban sus ensayos sobre el alcance del poder y los límites del conocimiento. Los críticos de la modernidad repasaban las propuestas foucaultianas sobre la índole personal y la responsabilidad moral.

He regresado a esta biografía después de leer en Laberinto una excelente semblanza, puesta en una nuez, escrita por Heriberto Yépez. Edward Said escribió de esta hazaña biográfica: “El estudio, documentado de una manera impresionante, que ha hecho James Miller de la vida de Foucault en la filosofía, es una obra perturbadora, tensa y provocadora, verdaderamente digna de su tema”.

Como toda gran biografía, la de Miller empieza con “La muerte del autor”. Causó una auténtica conmoción, Foucault desaparecía a los 57 años de edad víctima de una enfermedad que él mismo debió estudiar en términos sociales y personales. Para el público que lo seguía, Foucault reemplazaba a Jean-Paul Sartre, personificaba al intelectual mismo: veloz en la condena, decidido a denunciar abusos de poder, sin temor a hacerse eco del viejo grito de batalla de Émile Zola: J’accuse!

La vida juega a los dados con la fortuna de los hombres. Foucault estaba en la cima de su existencia, en el punto más alto del éxito, en plenitud de facultades, a punto de iniciar el fértil capítulo de su segunda madurez y el principio de la vejez. Habían aparecido en librerías dos de los libros más esperados en Francia, los nuevos volúmenes de Historia de la sexualidad. El día de su muerte, todos los diarios le dedicaron las primeras planas, el primer ministro hizo públicas sus condolencias. Veyne dijo que “su obra era el acontecimiento más importante del siglo XX”. Braudel despidió a una de las mentes excepcionales de su época”.

Su fama internacional había empezado en los años setenta con la publicación de Locura y civilización: “en la Edad Media, el loco se movía con libertad e incluso se le veía con respeto, pero en nuestra época se le confina en asilos y se le trata como a un enfermo, un triunfo de equivocada filantropía”. Ese ascenso de prestigio meteórico ocurrió así: tras las huellas de Henri Bergson, Maurice Merleau-Ponty y de su mentor, Jean Hyppolite, fue elegido miembro del Collège de France. El canon francés lo eligió en el año de 1970, después de la rebelión estudiantil y ya nunca lo soltó.

El 26 de junio de 1984 Le Monde publicó esto: “Michel Foucault ingresó a la clínica de enfermedades del sistema nervioso del hospital de la Salpêtrière. Los exámenes revelaron varias áreas de supuración cerebral. El tratamiento con antibióticos. Un agudo deterioro impidió toda posibilidad de tratamiento efectivo y la muerte ocurrió a la una quince minutos de la tarde del 25 de junio”.

Semanas después, Liberation publicó una nota en la cual se enfrentaba al rumor de que el filósofo había muerto de Sida, “como si Foucault tuviera que morir vergonzosamente”. No se sabe con exactitud cuándo le diagnosticaron Sida a Foucault, pero según Miller debió ser a finales de 1983. Uno de los amigos de Foucault cuenta que Daniel Defert, su amante, estaba furioso pues concluyó que Michel lo había engañado y contagiado. Foucault había demostrado su interés por la vida sadomasoquista y la practicó siempre que pudo desde 1975 en los baños de San Francisco: “creo que el S/M es mucho más, que es la verdadera creación de nuevas posibilidades de placer de las cuales la gente no tenía antes la menor idea”.

Releyendo los subrayados de la biografía de Miller, no deja de perturbarme la idea de que mientras en México Sergio González Rodríguez, Alberto Román y yo leíamos en el año de 1983-84 los libros de Foucault, el filósofo le daba vuelo a sus fantasías en San Francisco contagiando a todo aquel que tuvo un contacto con él.

Recuerdo las conversaciones con mi hermano sobre los temas de Foucault: la muerte, la sexualidad, el dolor, la locura. No sé si treinta años después de su muerte haya en todo esto una lección ética, una fábula moral entre la vida y la obra de una de las mentes más brillantes del siglo XX. Sé que esta breve historia trae consigo una pregunta que interesa a los filósofos; ¿cuándo actúa bien y cuándo actúa mal una persona?

James Miller: La pasión de Michel Foucault. Editorial Andrés Bello. 1996. Santiago de Chile.

rafael.perezgay@milenio.com