Prácticas Indecibles

La herencia de los sueños


En unos cuantos días el Palacio de Bellas Artes cumplirá 80 años, me adelanto unos días y ofrezco estas imágenes de aquel lugar y aquel tiempo.

En el año de 1934, un juez ordenó que el escritor José Revueltas fuera trasladado con otros presos del orden común a las Islas Marías, un conjunto mexicano de seis extensiones de tierra perdidas en la soledad del Pacífico entre las que se cuenta un penal para reos de largas, incurables sentencias. Revueltas fue un militante comunista expulsado de esa iglesia y un activista condenado por el gobierno. Revueltas había participado en una huelga agrícola en Camarón, Nuevo León.

A principios de aquel año de sombras y fantasmas, el arquitecto Federico Mariscal entregaba a la autoridad el flamante Palacio de Bellas Artes. Perseguido por la maldición del olvido desde el año de 1904, cuando se puso la primera piedra de ese gran teatro nacional, el palacio era el emblema de una obra en eterna construcción, sin futuro ni esperanza, como México. A la trompa talega, las autoridades organizaron la inauguración a la que asistiría el presidente Abelardo L. Rodríguez.

La mañana del 29 de septiembre de 1934 se oyeron las primeras notas del Himno Nacional Mexicano. Antonio Castro Leal, jefe del Departamento de Bellas Artes, leyó un discurso de arte y esperanza: “Tendremos no solo un nuevo edificio, espléndido y bien acondicionado, sino una nueva organización, no una suntuosa casa vacía, sino un taller en constante trabajo”.

La sombra del México rural oscurecía al México urbano que apenas despuntaba sacudiéndose la memoria de la guerra civil: Revueltas rumbo a las islas Marías y la inauguración del Palacio de Bellas Artes. La Orquesta Sinfónica de México interpretó Llamadas (Sinfonía proletaria), compuesta por Carlos Chávez para la inauguración. Las palabras del presidente Abelardo L. Rodríguez cerrarían el círculo de la expansión cultural vasconcelista: “Hoy inauguro el Palacio de Bellas Artes, institución de cultura nacional que realizará uno de los puntos básicos del programa revolucionario”.

En ese edificio se habían reunido no los sueños porfirianos sino la exaltación de un nuevo mundo: Orozco y Rivera pintaron los muros del Estado cultural bajo la ideología de la Escuela Mexicana de Pintura, el ideal de la cultura vasconcelista y la semilla del nacionalismo revolucionario.

En el país, una época bajaba el telón. En noviembre de 1934, en el Estadio Nacional, Lázaro Cárdenas rindió protesta como Presidente de México. La programación del primer día del Palacio de Bellas Artes guarda esa transformación. Mientras el público del gran teatro observaba la representación de La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón, un México desaparecía para siempre a sus espaldas.

La Ciudad de México llegaba al millón y medio de habitantes que había transformado sus costumbres oyendo el radio. La campaña nacionalista aconsejaba beber Sidral Mundet, usar loza de El Ánfora, consumir chicles Cupido, Pan Ideal, caramelos Larín, chocolate La Azteca. La gente descansaba en un Studio Couch de la fábrica Simons andDallas a la sombra de las persianas Venetian Blinds. En las familias urbanas de clase media era común encontrar batidoras Sunbeam que “como si tuviera 20 manos”, rallaba, mezclaba, picaba. Los tostadores y wafleras Toastmaster cambiaron los hábitos de comida, General Electric lanzó al mercado un refrigerador con congelador. Las señoras se perfumaban con Helena Rubinstein, Elizabeth Arden, Cutrex; los pañuelos desechables Kleenex se usaban con crema Nivea. En ese mundo, la Orquesta Filarmónica dirigida por Carlos Chávez y sus ejecuciones de las obras de Beethoven se consideraban un acontecimiento.

En el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes se comentaban las obras de la Compañía Nacional de Drama y Comedia encabezada por Virginia Fábregas, Fernando Soler, María Teresa Montoya. En 1935, se estrenaron en el gran teatro El príncipe idiota de Dostoyevski, Besos perdidos de Birabeau, El archiduque y el camarero de Somerset Maugham.

Eran los tiempos de la revista Hoy de Regino Hernández y José Pagés Llergo y de una nueva sección impresa en sus páginas: “La semana pasada”, una columna anticardenista que hizo desfilar cada semana a las figuras públicas de aquella pequeña ciudad. Es “la hora de todos”, nadie escapa, escribió José Emilio Pacheco, de aparecer en ese balcón de prosa rápida. Se trata de uno de los más ambiciosos proyectos narrativos en manos de un periodista irrepetible que paseaba por el vestíbulo de Bellas Artes: Salvador Novo.

El público que acudía a escuchar música al Palacio de Bellas Artes elogiaba a los músicos que compartieron esta premisa vasconcelista: el arte debe transformar a la realidad. Si Manuel M. Ponce es producto de sus contradicciones, en cierto sentido la ausencia de contradicciones es el impulso que dio vida a la obra de Carlos Chávez y su generación. La música de Chávez se abismó en el nacionalismo, en el encuentro con las raíces indígenas. El pasado mexicano es épico, colosal: Llamadas de 1934, Sinfonía India de 1936. Chávez marca el momento culminante de la adaptación de la forma sinfónica al medio mexicano. Esta adaptación ocurrió en El Palacio de Bellas Artes desde el año de 1934. Un pequeño público urbano había heredado el sueño porfiriano del hechizo de París.

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