Prácticas Indecibles

Una gran obra

Apreté el fusible y lo metí en su lugar. Subí la palanca y salió un chispazo. Estoy muerto, me dije. La luz volvió a toda la casa una caja de cristal resplandeciente.

De golpe regresé al siglo XIX en la Ciudad de México, a la oscuridad de nuestras calles, a los callejones perdidos en la sombra. La mitad de la casa quedó en tinieblas, la otra mitad iluminada. En una mitad se podía todo, si me daba la gana mandaba un tuit con esta frase de Schopenhauer: “Las religiones, como las luciérnagas, necesitan de oscuridad para brillar”. Un tuit estúpido, lo sé, pero uno hace cosas raras si le sobra la luz.

Del otro lado de la casa podría haberme encontrado con José Juan Tablada o con Julio Ruelas fumándose un carrujo. Muy buena la mariguana del futuro, diría Tablada antes de enmendar su vida y volverse un deportista más bien aburrido. Y como dice el chiste de Woody Allen: si Dios no existe, busquen un electricista un martes a las siete de la tarde.

Salí a la cochera, el lugar en el que los arquitectos de las viejas casas de la colonia Condesa pusieron los medidores de luz, las conexiones, los cables. Llevaba una tea moderna, la linterna del celular. Apunté la luz a una caja de metal y no supe de mí. Si me hubieran pedido que escribiera El llano en llamas no me hubiera angustiado tanto. Abrí la caja como si desarmara una bomba mientras pensaba en Rulfo. Bajé las pastillas, no sé por qué les llaman pastillas. Vi dos cilindros, creo que les llaman fusibles. Si metes unas pinzas de metal y no retiras la electricidad, mueres. Quité la electricidad. Con las pinzas extraje uno de los cilindros, al abrirlo vi un filamento. Me estremecí: yo con un filamento en la mano, ¿quién lo diría?  Mi padre se habría sentido orgulloso de mí. Rafa tiene un fusible y un filamento en la mano, no he perdido mi tiempo.

Por aquí, un día, hace tres años me enfrenté a unos fusibles, una batalla cuerpo a cuerpo. A veces, mi memoria regresa y me protege: ahí estaban en una caja abandonada. Medité: me juego la vida y pongo el fusible o me paso la noche platicando con Tablada y Ruelas. Ser o no ser y esas cosas.

En un ataque de valentía coloqué el fusible en la pinza. Se deslizó como si tuviera vida propia  y rodó por el piso como si tuviera un motor. Abajo del coche era la cueva del lobo. Apunté con la luz del celular y observé al fondo el cilindro, pecho en tierra. Recordé la escena del relato de Styron en la cual se le cae el cheque de un premio literario debajo de una mesa y él baja a buscarlo en cuatro patas, aunque en realidad buscaba su vida extraviada. En ese momento, escribe Styron, me di cuenta de que estaba deprimido. Esto lo cuenta en Esa visible oscuridad. Yo había iniciado mi lucha contra el Tafil, el alcohol y, precisamente, mis vastas zonas de oscuridad. No sé si lloré un poco allá abajo, en la oscuridad, pero no nos desviemos, esta es harina de otro costal narrativo.

Apreté el fusible como si quisiera asfixiarlo y lo metí en su lugar. Pobre Robin Williams, pensé. Subí la palanca y salió un chispazo. Estoy muerto, me dije. En este momento subo al cielo, o bajo al infierno. Me acordé de la frase de Huxley: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”. Me di cuenta de la gran obra: la luz volvió a toda la casa una caja de cristal resplandeciente: adiós a Tablada y a Ruelas. Los veré más tarde, amigos, me despedí. Si hubiera escrito El llano en llamas no me habría sentido tan orgulloso.

Más tarde en la oscuridad elegida de la noche, mientras pensaba en la oscuridad interna, en esas zonas de nosotros que un día empiezan a dominarnos sin que podamos derrotar a sus fantasmas, ocurrió lo inaudito: un ejército de mosquitos atacó con fiereza. Pasaban a uno y otro lado de mi cabeza, terroristas. Repetí la frase que mi padre decía y de la cual yo me burlaba: esto no es vida. Bajé a la cocina, abrí un anaquel o un cajón, da igual, y saqué un bote en aerosol de Raid Casa y Jardín. Entré al cuarto y detoné tres veces, breves, el contenido letal. Moriremos todos, decidí.

Desperté molido a la mañana siguiente. No sé qué soñé.

rafael.perezgay@milenio.com

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