Prácticas Indecibles

Cuando fumaba

La compañía del humo, el orden de los cigarrillos en el paquete recién abierto, el olor de la primera fumada me hacían sentir bien, incluso melancólico.

He pensado que cuando fumaba era feliz. Se entiende, la felicidad no existe, no soy tonto, nada más faltaba que yo fuera a pensar en la felicidad y esas patrañas. Me refiero a que la compañía del humo, el orden de los cigarrillos en el paquete recién abierto, el olor de la primera fumada me hacían sentir bien, incluso melancólico porque, se sabe, a veces la felicidad atraviesa por la neblina de una tristeza extraña. Esos detalles mejoraban mi vida, como si tuviera más ilusiones y más sueños que perseguir.

El escritor Antonio Lobo Antunes ha dicho que escribir es como una droga. Se empieza por puro placer  y acabas organizando tu vida como los drogadictos, en torno a tu vicio. Eso hice yo con el cigarrillo durante años. Presento mis credenciales: fumé el primer cigarro a los 14 años. Me lo ofreció el satánico Hernández en la calle donde jugábamos futbol y dibujábamos en el aire nuestros primeros sueños inalcanzables, como por ejemplo jugar en las infantiles del Necaxa.

La primera jalada de humo pasó por mi garganta como una llamarada y tosí como si fuera a escupir el paladar y la campanilla. No volví a abandonar el cigarrillo durante los próximos 36 años. Fumé cigarros Bali, Baronet, Commander, Record, Del Prado y un día abrí la puerta triste de los Marlboro Light. Me quedé a vivir adentro muchos años.

Fui capaz de hurgar en el bote de basura de un estudio a las cuatro de la mañana para sacar una bacha y darle dos fumadas. Fui capaz de salir bajo la lluvia a la una de la mañana a comprar una cajetilla. Fui capaz de fumar en la cama después del amor. Fui capaz de fumarme cuarenta y cinco cigarrillos al día. Es decir, organizaba todo en torno a ese vicio. Nada tenía sentido si no pasaba por la casa la dama oscura de la nicotina.

Vengo de una familia de fumadores. Todos de campeonato, salvo mi madre, que podía fumarse cinco o seis cigarros Casinos. Sólo rompía su disciplina cuando mi padre hacía una de las suyas, pero ése es otro cuento. Mi papá fumaba sin parar; un tiempo Raleigh sin filtro, otra época Lucky, al final de sus días fumaba unas cosas espantosas que se llamaban More, unos pitillos delgados y oscuros que sabían a rayos.

Siempre que recuerdo una escena familiar hay humo en ella, mucho humo y ceniceros atestados de colillas, y cajetillas vacías, arrugadas como una cordillera en honor de la adicción. La noche en que a mi madre la reventó una embolia, cuando entré a su cuarto de anciana moribunda de 90 años, lo primero que vi fue un cigarro encendido en un cenicero. No miento, ahí estaba la línea delgada de humo ondulante buscando el techo, la última bocanada que aspiró mi mamá.

Mis hermanas fumaron sin parar durante años. Una de ellas rompió todos los récords y llegó a fumarse 50 cigarros al día. Cuando se iba a bañar, antes de tomar el jabón, buscaba los cigarros, prendía uno, lo ponía en el pretil y cada dos minutos sacaba la cabeza de la regadera para dar una jalada. Ya lo dije: de campeonato.

Creo que yo batí todos los récords. Una noche de locura, en casa de mi amigo Guillermo Fadanelli fumé sin pausa, con rabia y furor. La noche pasó sobre nosotros y la luz del día me sorprendió prendiendo el último cigarrillo de la mañana. Hice una cuenta mental y supe que el día anterior con su noche completa yo había fumado 70 cigarros.

Dejé de fumar de un día para otro. El último cigarrillo me lo fumé en la entrada del hotel ABC de Observatorio, antes de una resección para retirar dos pequeños tumores cancerosos en la vejiga. Descuiden, esta nota no tendrá un final ejemplar, nada de eso, nomás faltaba que enturbiara esto con la miel de una lección de vida o con un consejo edificante.

Recuerdo que en una mesa de lectores y admiradores, Jaime Sabines contó que cuando dejó de fumar puso sus cigarros Delicados sin filtro en la parte más alta de un armario. Eso lo tranquilizaba y, por paradójico que suene, lo alejaba del tabaco. Hice lo mismo. Dejé mis Marlboro con su encendedor Bic arriba de un librero. Pasaron los años, siete, con cinco meses y seis días. Abandonar el cigarro puede ser mucho más cruento que dejar al amor de tu vida.

Repito que cuando fumaba era feliz. Así pasa con algunas cosas de la vida, te hacen un daño espantoso, pero también te hacen feliz. Cuando mi hijo prende un cigarrillo, el olor de la primera fumada, sólo la primera, me recuerda mis días de fumador empedernido y la juventud perdida. ¿Necesito un analista con urgencia? ¿Seguirá esa cajetilla arriba del librero? La voy a buscar.

rafael.perezgay@milenio.com

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