Prácticas Indecibles

El fondo del Fondo


El 80 aniversario del Fondo de Cultura Económica ha puesto en el espacio público una vez más esta pregunta: ¿necesita México un Estado editor de las dimensiones del que tenemos? Yo creo que no. Es más, creo que el Estado cultural ha confundido fomento a la lectura con gasto en producción. ¿El resultado?: dinero tirado a la basura, funcionarios ineficientes, burocracia a pasto, ausencia vergonzosa de distribución, libros embodegados.

Leo Zuckermann escribió un artículo en el cual se preguntaba acerca de la necesidad editorial y cultural de la existencia del Fondo de Cultura Económica (“¿Se justifica la existencia del Fondo de Cultura Económica?”. Excélsior. 28.08.2014). Jesús Silva Herzog Márquez respondió con rayos y centellas (“Barbarie Liberal”. Reforma. 1.09.2014). Leyendo ambas posturas tuve la impresión de que se hablaba de un asunto de políticas públicas y no de un tema nodal de la cultura en México.

Me pregunto si debe (aquí el debe es importante) existir un guardián de la memoria y la cultura de un país, de su pasado, de su diversidad, de sus creadores. Si fuera así y conviniéramos en que un guardián preserva y conserva y que ese guardián no es precisamente el mercado, el Fondo de Cultura Económica sería uno de ellos.

¿Qué hacemos con las obras de Martín Luis Guzmán y Mariano Azuela, de todos los Contemporáneos, de Octavio Paz, de Carlos Fuentes y de Juan Rulfo (que deberían volver al fondo)? ¿Se las vedemos al poderoso consorcio editorial Bertelsmann para que esos autores y esas obras hagan su camino en el mercado como mandan los Dioses de la oferta y la demanda? ¿Vendemos los anaqueles de los clásicos del Fondo y dejamos de subsidiar a la cultura? Añado este sueño: si pudiéramos, deberíamos tener al menos tres editoriales como el Fondo de Cultura Económica.

Zuckermann ha tocado un nervio delicado de nuestra muy premoderna vida cultural y algunos intereses presupuestales y burocráticos. Vuelvo: el Estado editor mexicano formado por los departamentos de publicaciones de las universidades y la Dirección General de Publicaciones de Conaculta es expresión de una especie de disfraz que intenta demostrarnos que los libros son los libros, son los libros, y así hasta el infinito.

Coincido y hago la misma pregunta de Zuckermann: ¿se justifica ese aparato editorial? No. Revisemos: los planes editoriales no son en ningún sentido espectaculares, los libros que publican no circulan, no se preocupan por recuperar ni un peso de la inversión, no han intentado una red de distribución y en no pocas ocasiones los funcionarios manejan sus direcciones como si estuvieran al frente de un editorial privada, por si fuera poco no rinden cuentas a nadie, quizás, alguna vez, a su jefe directo.

Carlos Elizondo se ha detenido un momento a pensar en este punto y ha hecho una propuesta con la que estoy de acuerdo: “Consolidar el presupuesto de publicaciones del Conaculta en el FCE podría ser una buena idea”. (“Qué debemos cerrar”. Excélsior. 04.09.2014).

Cierto, el aparato de publicaciones del Estado es caótico, carísimo, inútil. Leer o escuchar las ideas de Rafael Tovar respecto a este asunto y, desde luego, de Emilio Chuayffet, secretario de Educación Pública, es muy importante para este asunto, se trata al fin de los funcionarios que nombran a sus editores, aprueban dineros, desaprueban dineros. Si no me equivoco, ellos son, finalmente, los autores de los planes de publicaciones de gran parte de nuestro Estado cultural. ¿O no?

Repito: ¿Tiene sentido sostener un Estado-editor de las dimensiones del que tenemos? No. ¿Tiene sentido editar cientos de miles de libros al año con una red no mayor de 7 mil bibliotecas y un sistema de distribución que no excede los 300 puntos de venta como los que maneja el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes? No. Es como comprarse veinticinco llantas de refacción para un solo coche, nada más por si se ofrece.

Hace tiempo escribí sobre este asunto, me cito para no recordar mal: “Desde luego, no creo que el Estado deba abandonar la edición de libros, pero considero un error que se proponga como múltiple casa editora con los dineros públicos. El fracaso ha sido rotundo: el consumo no aumenta, la distribución es inexistente; en consecuencia, los lectores brillan por su ausencia y la industria editorial vive en un estado de desnutrición grave. Bastaría con la creación de un sistema selectivo y único de ediciones y el fortalecimiento del Fondo de Cultura Económica, no más”.

Termino: nunca será lo mismo una casa editora y una institución cultural cuyo objetivo consiste en reducir los vacíos, los agujeros del mercado que pretende vender a toda costa atropellando los contenidos. ¿A dónde van los libros que publica la Dirección General de Publicaciones del CNCA? A las bodegas, y a las bibliotecas; el proveedor es el cliente. Por cierto, un ejercicio ejemplar de transparencia consistiría en abrir a la luz pública las bodegas donde se guardan los libros del Estado-editor. Mostrar los números, las facturas, los proveedores, las ventas, la deuda, la cobranza. Por alguna razón se mantiene bajo riguroso secreto el lugar donde se encuentran esas bodegas. Así hemos llegado al bochornoso escenario en el cual se diseña un plan editorial que quizás, quién sabe, elogiarían en España, pero con un consumo como el de Nicaragua y un sistema de distribución y comercialización adecuado para un país como Barbados.

rafael.perezgay@milenio.com

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