Prácticas Indecibles

Informe

Muestro mis credenciales. El Informe más antiguo de que guardo memoria salió de la cabeza cuadrada de los asesores de Díaz Ordaz. Hablamos del año 1967. El más reciente Informe ocurrió hace tres días y provino de la cabeza cuadrada de los asesores del presidente Peña Nieto. Han pasado 50 años y puedo asegurar que nunca aprendí nada de la inflamada prosa presidencial, no recuerdo ningún dato interesante, no extraje de toda esa palabrería algo que no olvidara una hora después de terminado el mensaje.

Acumulé en cambio horas de aburrimiento, frases incomprensibles y algunos nombres que no sé cómo quitarme de encima. Mi cultura del Informe presidencial se desprende de los tiempos en que todo se ordenaba bajo la mano de hierro del presidente y se difumina en la época de la gritería democrática de la cámara. Aseguro que los textos siempre han sido tediosos hasta el desmayo y quizá han expuesto en sus páginas exageraciones, falsedades, deformaciones incontables de la realidad mexicana.

En un autoanálisis intenso decidí que había terminado para siempre con los informes, pero pisé no sé qué trampa imprudente de la costumbre y entré a la casa del quinto Informe de gobierno del presidente Peña. Caí en cuenta de que quizá padezco el síndrome de deficiencia de atención. Soy refractario a las cifras, las olvido apenas las oigo. A ver: quién me dice cuántos barriles produce diariamente Petróleos Mexicanos. Si usted lo sabe al botepronto y no trabaja en Pemex, usted está loco o es un ocioso monumental, o pertenece al sindicato.

Por cierto, todos los presidentes mexicanos se sienten incómodos con el tema de la cultura. La única razón que se me ocurre para explicar esta incomodidad es que nuestros mandatarios son incultos, incapaces de hablar con naturalidad de sus simpatías y diferencias culturales, de una novela, de un poema, de una película, de una obra de teatro, en fin, de algo que no sea la macroeconomía, o la seguridad, o los vientos electorales. Recuerdo que cuando era presidente, Bill Clinton hablaba de Faulkner porque había leído a Faulkner, y esto no quería decir que Clinton fuera un erudito en letras. No he oído una opinión, un párrafo, una línea presidencial dedicada a Juan Rulfo. Como dice el clásico. Ni pex.

rafael.perezgay@milenio.com

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