Prácticas Indecibles

El cerrajero conceptual

La puerta de la casa de usted quedó cerrada a piedra y lodo. Dentro del bastimento, nadie. La llave, en rebeldía, inservible. Recuerdo la frase de mi infancia: ¡Vilmaaa, ábreme la puertaa! Pero dentro no hay quien abra, solo Moska, la perra, que aún no aprende a abrir y a recibir a las visitas. Le voy a enseñar. Miro la fachada de la casa de usted, sé que estamos ante una fortaleza inexpugnable. Yo mismo me he encargado de convertir la vieja casa de la Condesa en una caja fuerte. Para tirar el portón de la cochera se necesita de un lanzacohetes RPG y seis proyectiles como los que derribaron el helicóptero Cougar Mat 1009 de las fuerzas armadas mexicanas. Estoy encerrado afuera.

Un reputado equipo de cerrajeros presentó sus credenciales. Cobran por su trabajo como abogados de Manhattan. Ganzúas. Me envanezco. Si estos cerrajeros creen que abrirán con unas ganzúas esta chapa de seguridad están perdidos. Una hora después me arrepiento de tener razón. Vienen los golpes a marro limpio. La cerradura de la puerta resiste. Admito mi locura, pero pienso en el cártel de Jalisco Nueva Generación y su poder mortífero.

Lo que queda después del fracaso de los reputados cerrajeros es urdir un plan agresivo e inteligente. Me entrevisto con Alonso, mi hijo, en la oscuridad de un camellón, al pie de un árbol seco. Le explico que cuando él era un niño, algo así me ocurrió cuando todos se fueron de México a un viaje y yo perdí las llaves de la casa. Un día, todos perdemos las llaves de nuestra casa, se los aseguro. Le explico a Alonso las estribaciones de un edificio vecino. Como los gatos, debemos dominar las azoteas. Le pedimos de favor a un vecino que nos preste su azotea.

Cuando inicio la acción que terminará con la toma de mi propia casa, mi hijo me mira como si me hubiera vuelto loco. Blasfemias y horribles prohibiciones. No confía en mí agilidad, en mi capacidad para descolgarme y saltar. Él lo hace con solvencia mientras yo pienso en la batalla de Jalisco, en el fuego, en las balaceras. Acepto que soy un neurótico compulsivo y que tengo pensamientos obsesivos. En fin, toda esta breve historia para decirles que ya no soy joven y que la situación está de la chingada.

rafael.perezgay@milenio.com

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