Prácticas Indecibles

La ceremonia del adiós

Norbert Elias escribió en La soledad de los moribundos que la muerte es un problema de los vivos. A este desasosiego dedica la revista Nexos la parte central de sus páginas: “Morir con dignidad”. Mariana Navarro, Juan Ramón de la Fuente, Arnoldo Kraus, Fernando Gómez Mont y Héctor Aguilar proponen en el farallón de la vida una caída digna en la nada.

La forma en que uno muere no es un detalle menor entre los hechizos de la vida; al contrario, se trata de abandonar el escenario y de resolver si lo haremos en condiciones desastrosas e indignas o con paso lento, seguro y apacible rumbo a la oscuridad de las bambalinas. La Ciudad de México ofrece un instrumento para la segunda resolución: la voluntad anticipada. Firmé la mía hace meses no sin cierto estremecimiento.

Traté este asunto en Nos acompañan los muertos refiriéndome a la alta vejez de mis padres, pero no conté completo el último adiós de mi madre, no me pareció prudente; en literatura, la frontera entre sugerir y revelar contiene todo el secreto de una historia. Lo cuento ahora que el tiempo lo permite.

Una noche, mi madre sufrió una embolia que la dejó fuera de la vida, tendida en su sillón, especie de nido en el que se instaló como una ave rara y hermosa. Perdió el habla, el movimiento de la mitad del cuerpo y entró en un sueño intranquilo, lleno de angustias y de agobios. Estaba viva, pero estaba muerta, sin esperanza alguna de regresar al menos a ser la anciana de sus días pasados.

La obstinación médica sugirió de inmediato medicamentos, alimentación por sonda, sueros, perforaciones en su piel de vieja, un colchón inflable y 20 cosas más. Ese mismo día, los hermanos nos reunimos y decidimos por unanimidad despedir a nuestra madre.

Un gran médico, a quien no olvido, nos recetó un poderoso sedante y un viejo amigo de casa, otro hijo de mi madre, le inyectó fuertes dosis cada tres horas. La cara de mamá cambió, en su semblante pálido desapareció el gesto de terror. Mi madre pudo vivir dos o tres meses, quizá más, en condiciones denigrantes y sin esperanza de una sobrevida digna. No lo permitimos. Dio el primer paso a la oscuridad sin dolor, sin angustia. A esa hora, una noche se instaló dentro de mí, en el fondo, de camino a la memoria, único Dios de los ateos.

rafael.perezgay@milenio.com

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