Prácticas Indecibles

El campamento

El avance político y urbano de las organizaciones civiles ha impuesto que a las protestas las acompañe el campamento.

Así empezó todo: en la mañana, temprano, cuando el viento frío esparce el engaño sobre el porvenir del clima en la Ciudad de México, camiones alquilados entraron por tres calles: Michoacán, Alfonso Reyes y Pachuca, las tres calles que colindan con pequeñas calles de la vieja traza de la colonia Condesa. Vivo en una de esas calles, muy cerca de la Secretaría de Economía. De los camiones descendieron campesinos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos. No sé cuántos, calculo mal, ¿unos quinientos, ochocientos? Música revolucionaria, corridos de gavilleros. Me asomé al balcón y volví a lo mío. He visto llegar a estas calles decenas de protestas. Una mañana abrí la ventana y encontré una vaca pastando en el asfalto. Cuando me di cuenta de que no era una representación surrealista, pensé que había perdido la razón. Más tarde fertilizaron el cemento con leche bronca. Era una protesta por algo muy importante que he olvidado.

El avance político y urbano de las organizaciones civiles ha impuesto que a las protestas las acompañe el campamento. Como lo oyen: cerraron las calles con coches y camiones. Nadie sale, ni entra en coche. Así nomás, y háganle como quieran. Desde temprano me di cuenta de que en la casa de usted éramos rehenes. Con velocidad profesional pusieron un toldo enorme, amarillo por cierto. Los hilos tensos que sostienen ese techo se ataron a la barda de la Secretaría, a los mojones de un estacionamiento, a los árboles. Mide 30 metros de largo por unos tres y medio de ancho y se ha instalado a la mitad de la calle y a la mitad de nuestras vidas. Con gran adaptabilidad, los agricultores tendieron sus cobijas y dentro del toldo pequeñas casas de campaña.

En la casa se desató una acre discusión:

—Personas pobres, no veo agentes pagados por deleznables organizaciones de la ultraizquierda —un golpe bajo que supe resistir.

—Entonces pregunto: ¿porque es gente pobre puede quedarse a vivir a la mitad de la calle e impedir que usemos nuestra cochera? Hablamos en tres días, porque se van a quedar más de tres días aquí afuera. Nadie pone esos toldos para permanecer unas cuantas horas.

Me callé que había caminado por la calle y visto gente pobre, jodida, con extrañas miradas sin porvenir. Otros se veían en un movimiento de campamento, sostenidos por la experiencia. Bajo los toldos, las mujeres pusieron grandes ollas sobre hornillas de estufas a gas. Peroles con sopa de lentejas, no olía nada mal; comales donde se tiraban tortillas, ollas con frijoles. Era la hora de la comida, las siete de la tarde, horario gringo. Los agricultores mataban el tiempo jugando cartas en una mesa, apostaban de a veinte la mano y no quise ver, pero la vi, una ánfora de bacacha para los fríos nocturnos. Un plantón en toda la forma.

No deja de sorprenderme, más que el campamento mismo, que estemos acostumbrados a esta locura urbana. Una más entre la lista demencial de escenas del manicomio en la Ciudad de México. Nos fuimos a dormir sin más contrariedades como no sea tener la calle tomada por unos señores y unas señoras que sabe Dios quiénes sean. A la mañana siguiente, cuando el viento frío esparce el engaño del amanecer, el suministro de energía eléctrica se suspendió. Así nomás: puf.

De inmediato di órdenes perentorias. Velas, costales de arena, azadones, prepárense para algo serio, las nubes bajan a niveles preocupantes. No he dicho que los agricultores vienen de Puebla, Morelos, Hidalgo, Oaxaca. Pertenecen a una organización campesina, la UNTAD, no soy bueno para los acrónimos, y para el caso es lo mismo. Según me dijo uno de los jóvenes integrantes de la organización, ellos pelean por un programa de economía social y la Secretaría no les ha cumplido. No se preocupen, yo tampoco entendí.

Cumplimos ocho horas sin luz. Las velas siguen siendo canónicas. Cierto, podría tener una planta, otra casa, otra vida, pero solo tengo esta casa y esta vida. Mi mente conspirativa asocia el plantón con la falta de luz. ¿Han intentado comunicarse a esa empresa de calidad mundial llamada Comisión Federal de Electricidad? Inténtenlo, y tenga Tafil a la mano. Sí, en tres horas. Ajá, en dos horas. Descuide.

Supongamos sin mala fe que se trata de una horrible coincidencia. Si un camión de la CFE tuviera que transitar por estas calles para reparar un cable de un poste, olvídenlo, seguiremos a oscuras y con carne podrida en el refrigerador. ¿A los cuántos días le salen gusanos a la carne? Necesito más velas, como decía mi madre: esto va para largo.

rafael.perezgay@milenio.com