Prácticas Indecibles

El calvario del agua

El futuro de algunas ciudades se encuentra en su pasado. Lean si no: el gobierno de la Ciudad de México ha anunciado el cierre del sistema Cutzamala y llamado a la población a almacenar agua y racionalizar su uso. El cierre afectará a cuatro y medio millones de personas durante al menos cinco días. Las razones que aducen las autoridades no pueden ser más vagas: mantenimiento de 24 tubos con riesgo de fractura. “Necesitamos que la ciudad se prepare para esta contingencia” ha dicho Ramón Aguirre, director del Sistema de Aguas.

Nada como el agua retrata las mortificaciones de la Ciudad de México, nada como el agua simboliza nuestra fundación urbana, nada como el agua cuenta el sueño roto de sus ambiciones de gran urbe. Lo que los historiadores han llamado ciudad lacustre no es otra cosa que la historia de una salvaje destrucción. El sistema pluvial de 18 ríos en los que descansaban la ciudad y sus lagos lo convertimos en vías y ductos, en aguas mortíferas apenas dominadas por la tubería negra. Imagine usted de momento que en París, para llegar al aeropuerto, tuviera que tomarse un coche y conducir sobre la Vía Sena que un día fue un hermoso río que separaba con sus aguas la vida parisina: rive gauche, rive droite.

Desde tiempos inmemoriales, traer el agua al Valle de México y sacarla de él fue un calvario. En esa empresa se ocuparon los mexicas, Nezahualcóyotl fue nuestro primer ingeniero hidráulico; los españoles también se empeñaron en ese trabajo de aguas y tuvieron la mala idea de  desecar los lagos; los primeros gobiernos del siglo 19 ni siquiera pensaron en el agua. En el siglo 20 se consumó la locura: se entubaron todos los ríos.

Nuestro primer desagüe tardó 300 años en funcionar. Lo empezó Enrico Martínez, Enrich Martins de origen, un cosmógrafo alemán que puso manos a la obra en el alba del siglo 17, lo inauguró Porfirio Díaz en 1910. Por cierto, ese día llovió y la ciudad quedó anegada.

Durante una manga de lluvias furiosas, el agua buscó su memoria, era el año de 1629, Martínez cerró las compuertas del desagüe para conservar la obra de su vida. La ciudad se inundó y duró así cinco años. Leyó usted bien: cinco años.

El calvario atravesó los tiempos y los valles castigando a quienes vivimos en este cuenco cuyo cerclaje de volcanes hechizó a 500 españoles aventureros. Piénsenlo: en el porvenir se encuentra el pasado de la ciudad.

 

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay