Prácticas Indecibles

Las calles de la memoria

Todos llevamos con nosotros una calle, el recuerdo de una calle, en ella se cifra el misterio de nuestra memoria y la luz del porvenir.

Volví al centro de la Ciudad de  México. Caminé de Bellas Artes a Isabel La Católica, casi esquina con Bolívar, acompañado de un amigo que conoce bien esas calles. Quería hablarle de periódicos, de las oficinas del gran periódico mexicano: El Siglo Diez y Nueve. Busqué en mis recuerdos sin éxito el posible lugar en el que estuvieron esas oficinas.

En ese lugar, Francisco Zarco fundó el periodismo de combate. En esa ciudad, la noticia de la muerte de Francisco Zarco fue una de las primeras desgracias de la República Restaurada. Los políticos, los masones, los periodistas, los amigos de Zarco que vieron descender el ataúd a la fosa en el panteón de San Fernando solo vieron un cajón vacío. El cadáver del periodista más apasionado y recto de México había sido embalsamado en la casa del diputado Felipe Sánchez Solís, amigo del alma de Zarco. Don Francisco vestía con levita y llevaba un gorro.

En el altar de la amistad, Solís decidió sentarlo a la mesa, como si estuviera escribiendo, en una de las estancias de su casa. El diputado llegaba a casa y despachaba su correspondencia frente al embalsamado. Seis meses después, Solís aceptó darle a su amigo cristiana sepultura.

Desde la primera vez que escuché la historia de la momia, imaginé a Zarco escribiendo un diario íntimo que no logró atravesar la frontera de los muertos cuando quieren volver al mundo de los vivos.

Zarco regresó de Estados Unidos en 1867 con treinta y ocho años y una enfermedad que lo consumiría en poco tiempo. Al periodista, al historiador del Congreso Constituyente de 1856 lo sorprendía, a su vuelta del exilio, no tanto la certidumbre del triunfo como el firme desasosiego de una vida que tocaba a su fin.

Una victoria arreglada para un solo caballo lo condujo por las calles estrechas de la Ciudad de México, una polvareda en verano, un fango de mosquitos en las lluvias y tristeza todo el año. Entonces Zarco pensó algo sobre el imposible progreso de la nación y estuvo seguro, como muchas veces en el secreto de la intimidad, que el país estaba más lejos que nunca de ese paraíso moderno del que regresaba: Estados Unidos.

La victoria avanzó por el Paseo de las Cadenas, propicio para los encuentros amorosos, cuando se le atravesó la segunda nube negra del regreso. Hay días que son meses, meses que son años, y aquel último mes, el de la victoria liberal —el de los ejércitos de Díaz en la ciudad, el de Juárez triunfante— estuvo tan lleno de vida pública que todo lo demás, vivir o morir, el miedo o la tristeza, no encontraba espacio ni sitio en su vida: la patria lo arrasaba todo.

Avanzaba sobre el Paseo de la Emperatriz loca y derrotada, a bordo de la victoria arreglada que se hunde en el fango. Zarco planeó renovar el periódico al que volvía: El Siglo Diez y Nueve. Esa avenida aún no se llamaba Paseo Degollado. En unos meses convirtió la redacción del diario en un nido que ardía en discusiones vehementes sobre la situación del país y las incertidumbres del futuro; acudían hombres de acción a ofrecer dinero para el periódico y los jóvenes escritores ofrecían sus servicios gratuitos.

En el tramo final de su vida, Zarco trabó amistad con un joven liberal llamado Ignacio Manuel Altamirano. Lo vio llegar muchas veces a la redacción con los manuscritos de sus “Revistas Teatrales”, hablaba del renacimiento de las letras nacionales y de los jóvenes literatos en quienes tenía puesta toda su confianza. Conversó sin pausa con él hasta la mañana de diciembre en que murió sin saber bien a bien quién sería Altamirano. En su diario íntimo, Zarco debió escribir sus recuerdos cuando recorrió el Paseo de la Emperatriz, una calle que se llamaría Reforma hasta el final de los tiempos.

Mientras caminábamos mi amigo y yo por la calle nocturna de Madero, iluminada y peatonal, dueña de una rara belleza fantasmal, recordé que todos llevamos con nosotros una calle, el recuerdo de una calle, en ella se cifra el misterio de nuestra memoria y la luz del porvenir.

Cuando llegamos al restorán donde nos esperaban más amigos, recordé como un fogonazo que las oficinas de ElSiglo Diez y Nueve estuvieron en la calle de Hospital Real, muchos años después San Juan de Letrán casi esquina con Victoria. Allí llegó Zarco en la victoria arreglada para un solo caballo. La reunión había empezado y me quedé con esa calle en la memoria.

rafael.perezgay@milenio.com