Prácticas Indecibles

Anfibio

Un padecimiento poco prestigioso me llevó al camastro del quirófano y luego me tendió varios días en la cama de las recuperaciones. Buscamos siempre un trozo de prestigio, incluso en el dolor. Rainer Maria Rilke, el gran poeta que nació en Bohemia, cortaba unas rosas para una amiga, en un descuido se pinchó un dedo, la herida se infectó, le dio una septicemia y adiós, al otro mundo con todo y poesía. Ah, pero vean los instrumentos de la enfermedad: una rosa, una espina, la belleza en acoso del poeta. No se burlen. En cambio yo, me he vuelto un anfibio. No exagero. Les llaman baños de asiento y admiten variantes aceptadas por la real academia del agua curativa: la regadera de teléfono, la tina, la palangana como la que usaba mi madre.

El gordo Balzac se enfermó con cierta frecuencia en su vida adulta hasta que un día no pudo abandonar la cama del más grande novelista de todos los tiempos. Le pusieron salvajes ventosas en el pecho, recurrieron a las sangrías, intentaron salvarle la pierna. Nada dio resultado, murió en la plenitud de su fama y de sus facultades. El último día de su vida, Balzac pidió a su hermana que llamara al doctor Bianchon; según el novelista, ese médico sería el único que podría salvarlo. Bianchon no llegó a la casa de Balzac. No pudo salir de ninguna de las 26 novelas en que fue personaje de las tramas balzacianas. Sé muy bien que sería ridículo si mientras me doy un baño de asiento dijera: traigan a Bianchon, él podrá curarme.

Muy lejos de su vida, Hugo se moría en una cama de delirios. Insistía en que había hablado con Sócrates, Jesucristo, Dante. Así como si tuviera el celular a la mano: ¿me comunica con Sócrates? Hugo se había robado el siglo con la novela, la poesía y el vendaval de sus escándalos personales y políticos. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que durante estos días he hablado con Jesucristo en momentos indescriptibles. Confieso que he hablado como si hubiera contraído el síndrome de Tourette, ése que obliga al enfermo de ese mal a decir sin contención todas las palabrotas conocidas y por conocer en ramilletes de tics.

Esconderé el desprestigio de mi padecimiento, no grave, cierto, pero doloroso, bajo el tapete de la mentira: me sentía cansado y le exigí al director Marín unas vacaciones.

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