Prácticas Indecibles

Agobio

Debe ser la edad: el calor me agobia, me impide dormir, me provoca pesadillas de fuego. En una de ellas huyo sin rumbo de un incendio provocado por cohetes que yo mismo encendí en el colmo de la irresponsabilidad. En el mundo real ocurren cosas raras. Enloquecidas por el cambio climático, una intrépida brigada de cucarachas apareció a la afueras de la casa de usted. El sol rajaba piedras. Ningún científico nos ha explicado por qué las cucarachas de nuestros días han alcanzado estos tamaños espectaculares. Las cucarachas de mi infancia eran pequeñas, fundaban pueblos en la cocina y bastaba un bote de H-24 para acabar con ellas. Cantemos: H-24 es más efectivo porque nunca deja un insecto vivo. Hogar se escribe con H, H-24, sin igual. Muy bien, sigamos.

En cambio, en estos tiempos las cucarachas podrían aparecer en lugares insospechados para una cucaracha y además de su peso y estatura son velocísimas. Las perseguí, las arrinconé y al final logré liquidar algunas de ellas. Según mis observaciones, estos insectos aparecen con la canícula, el problema es que no sé si son los primeros o los últimos de la temporada de calor.

He puesto un termómetro bajo el sol. No sé para qué lo hice ni qué sentido pueda tener esto como no sea torturarse con la idea de que el calor está perrísimo y que si uno camina bajo el sol, lo hará con 30 grados centígrados en la cabeza. También he puesto el termómetro en la sombra. Ahí marca 27 grados. Este aparato también mide la humedad del ambiente. Le informo a los lectores: el termómetro llegó a 31 grados y 29 a la sombra. Vístanse con prendas ligeras e hidrátense. Nada más de verte con ese saco puesto me dan mareos, me dice un amigo acalorado. Admito que se ve un poco raro, pero se trata de la técnica del beduino, que consiste en abrigarse si hay que atravesar el desierto.

Mi cuarto es un horno y he decidido abandonarlo la mayor parte del día, solo lo uso para dormir. Abro la ventana, ahora vivo a la intemperie y lucho a muerte con los moscos. Por la noche me escondo debajo de la sábana, para que no me vean los mosquitos, y sueño que escribo un artículo en una rosticería en la que me han confinado mis enemigos. Voy a ver el termómetro. Regreso con una cifra aterradora: 31 grados centígrados en la Ciudad de México. Me siento más fresco, ¿me volví loco?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay