Prácticas Indecibles

Vuelo nocturno

Deshago el camino por el que llegué para regresar a la noche. Veo de lejos el mostrador e imagino la versión que el empleado de Aeroméxico le ofrece a otros pasajeros nocturnos. Les digo algo: un tonto que trata a los demás como si fueran tan tontos como él es un peligro, un riesgo.

Mi hija regresaba a Montreal, ciudad en la que estudia, en un vuelo nocturno de Aeroméxico. El avión despega a la una de la mañana. Suena fuerte, pero al final resulta práctico, después de una noche de sueños inquietos volando hacia el norte, el sol boreal te ilumina en el aeropuerto Trudeau creando la ilusión de que el viaje de seis horas y pico ha sido más breve de lo que es en realidad. Ya escribí que un padre es un padre. La acompañé al aeropuerto.

La noche pasaba de las once y media. El aeropuerto de la Ciudad de México a esas horas fabrica sombras y fantasmas, hombres y mujeres insomnes arrastrando maletas como si se hubieran extraviado en una dimensión desconocida. El mostrador que recibía a los pasajeros del vuelo 241 con destino a Montreal estaba a oscuras. Nada le hace. A otra sala, la L2. Mi hija y yo avanzamos al mostrador. Ella presentó su boleto, subimos la maleta a la báscula. Le pusieron una pegatina con la imagen de una copa rota y un letrero: Frágil. Le digo a mi hija:

—El mezcal es una bebida del infierno —me refería a las tres botellas que había empacado horas antes en la maleta.

Todo marchaba sobre ruedas. El aeropuerto a esta hora, pensé, es más fácil. Error mental. Nunca debí pensar lo que pensé. El empleado de la aerolínea imprimió el pase de abordar y nos lo mostró de lejos como se le muestra un hueso a un perro. Nos informó:

—Hay una restricción técnica —nos miró fijamente, como si sus ojos fueran una cámara—: Dependiendo de la temperatura de la Ciudad de México y según las características del combustible, que es muy espeso, el avión no puede ir al 100% de su capacidad. Por ello no puedo entregarle su pase de abordar.

Un rayo me congeló. De hecho, el corazón dejó de latirme durante cuatro segundos. Mi hija:

—¿Lo que usted me está diciendo es que no tengo un lugar en el avión?

—No. Lo que digo es que por su seguridad, el avión no debe ir al 100%. Podría despistarse a la hora del despegue.

Como diría mi extinto padre: injerté en pantera:

—¿Usted cree que somos estúpidos, que nunca nos hemos subido a un avión? Así le llaman ahora en su empresa al hecho fraudulento de sobrevender un vuelo —ciertamente subí el tono de la voz, quizá grité.

Mi hija, el posesivo se impone en las despedidas, dijo:

—¿Cuándo me entrega mi pase de abordar?

—En quince minutos —el empleado de la aerolínea se veía legítimamente ofendido, como si fuera él quien estuviera a punto de perder el viaje.

¿Qué se puede hacer en quince minutos en el aeropuerto en una situación de mucha presión? Adivinaron: tomar de emergencia un whisky, el padre, y un vino, la hija.

—Vamos —me dijo ella adelantando el primer paso.

Dejamos los tragos incompletos en la barra.

—Vamos ya porque perdemos el vuelo y el pase de abordar por el combustible espeso. ¿Sabes? —me dijo con cariño—, no hables, déjame a mí.

Me sentí marginado y herido. A veces pienso como Prudencia Griffel: apenas 26 años y ya hace a un lado al papá. 

Frente al mostrador un hombre en nuestras tristes circunstancias me dijo:

—A mí me dijeron que la pista era muy chica.

—En las noches —le respondí—, y dependiendo del clima de la ciudad, las pistas del aeropuerto Benito Juárez se achican; luego, en la mañana se agrandan.

El hombre me miró como se mira a los internos del manicomio.

Apareció mi hija con el pase de abordar en la mano. Se despidió
de los empleados:

—Todos ustedes son unos ineptos.

Al fin salió la información genética, pensé no sin un toque de orgullo pendenciero.

El celular. Mi hija contesta. Al terminar la llamada me dice:

—Dice la mamá que si el avión se va a desnivelar con mi peso, no debería abordar.

—Una madre es una madre —le respondí, mientras ella se dirigía a la zona de los filtros.

Deshago el camino por el que llegué para regresar a la noche. Veo de lejos el mostrador e imagino la versión que el empleado de Aeroméxico le ofrece a otros pasajeros nocturnos. Les digo algo: un tonto que trata a los demás como si fueran tan tontos como él es un peligro, un riesgo, como el combustible de los aviones que se espesa por el clima en la Ciudad de México. A la mañana siguiente el teléfono celular me devolvió a la vigilia:

—Estoy en casa. Parece que lograron quitarle lo espeso al combustible.

rafael.perezgay@milenio.com