Prácticas Indecibles

Volverás

Mi vida estaba allá abajo y supe que había dado el primer paso dentro del laberinto de la enfermedad.

Conté en este espacio del día en que me diagnosticaron cáncer de vejiga. Agrego esta viñeta sobre el asunto. La noche en que supe que la muerte me buscaba, mi hermano mayor me compró una botella de Johnnie Walker Etiqueta Azul. Lo mejor de lo mejor. Me oculté detrás de ella. No voy a discutir en este momento si el sabor ahumado blend apaga la suavidad de la malta única y esas cosas. No se lo digan a los médicos, pero aquella noche me bajé media botella de whisky, y me fumé una cajetilla de cigarros ligths, acompañado de Román, mi amigo de toda la vida. Tiempo después me dijo:

—Esa noche salí de tu casa convencido de que no te operarían al día siguiente. Bebiste uno tras otro sin dejar de fumar.

Cuando se fue Román, más indefenso que nunca, puse dos hielos en mi vaso, más whisky, un chorro de Perrier y prendí otro cigarrillo.  Mentiría si digo que pensé en algo en forma o que hice algún plan. Nada: solo chispazos, luces y sombras, estupor por el manotazo con que la vida me recibía a la hora de los cincuenta años de edad.

Un amigo a quien le referí la consulta con el médico me dijo:

—¿Ochenta a favor de tu vida contra veinte a favor de tu muerte? Si estuviera en el hipódromo apostaría mi casa. No puede salir mal.

Mientras fumaba y bebía el último whisky de esa noche recordé y guardé como un amuleto esos porcentajes y el cuento de hipódromo. Dormí tres horas. No sé qué soñé, en esos días rompí con los sueños, se convirtieron en mis adversarios.

A las cinco y media de la mañana, el rumor de la vida evadiéndose de un portón que se abre o un motor en ignición me trajo a la vigilia. Me duché y vestí como si fuera a trabajar en la oficina. En cierto sentido iba al trabajo más difícil de mi existencia. Una pastilla de Tafil, completa.

El camino al hospital ABC de Observatorio lo hice con una noche exterior y otra en el alma. La oscuridad envolvió a la familia, o mejor, nosotros oscurecimos al mundo. Para quien nunca ha estado en un quirófano, una intervención equivale a la muerte, si el procedimiento consiste en retirar un tumor canceroso, la entrada al cuarto blanco es como poner un pie en la tumba. Por primera vez en mi vida sentí que una sombra me seguía, sin prisa, atenta, cuidadosa.

Una corte gitana de amigos y familia puso sobre mí el manto protector del cariño. Sirve de poco, pero sin él, la oscuridad sería absoluta. La primera condición del enfermo es la soledad.

—Un cigarro más y entro —les dije a los amigos.

Y entré.

Cambié mi ropa de oficina por la nefasta bata sin botones. Preguntas de la anestesista:

—Y usted, ¿por qué toma cafiaspirinas todos los días? —había en su tono de voz un asombro verdadero.

Respondí sin armas, despojado de toda defensa:

—En casa así lo acostumbramos. Mi madre —agregué sin fuerza para continuar.

La médica me miró como se ve a los huéspedes de un manicomio.

—¿Cuánto durará esto? —me atreví a preguntar.

El silencio suele ser una respuesta sin compromiso. Insistí:

—¿Cuánto tarda el procedimiento?

Yo sabía que la operación, como le llaman los mortales a las intervenciones quirúrgicas, ocuparía a los médicos una hora y media, no más, pero necesitaba confirmaciones, un boleto redondo; vamos, está bien, pero déme un boleto de regreso. Un enfermo necesita la ruta del viaje, aun  cuando sea un camino de mentiras. Me inquieté cuando la doctora me dijo:

—Cincuenta minutos; una hora, no más. ¿Puede pasarse acá usted solo? —señaló la cama bajo los aparatos, la plancha, como se le llama no sin dramatismo.

—Puedo —le respondí y me arrastré de la camilla a la plancha sosteniéndome de las asaderas de un extraño aparato con cámaras, pantallas, botones.

Quedé abajo en todos los sentidos; mi vida estaba allá abajo y supe que había dado el primer paso dentro del laberinto de la enfermedad. Cuando la venoclisis y sus agujas habían entrado en mis venas y abrieron la llave para surtir el narcótico, me despedí por primera vez del mundo de los vivos. Cuando perdí la conciencia, es decir un segundo antes vi a mi padre, me decía:

–Volverás.

rafael.perezgay@milenio.com