Prácticas Indecibles

Vida interior

Me estrellé de pronto y sin saber con un nombre: Karen Horney. Ocupaba en mi memoria un lugar oscuro hasta que la luz extraña del recuerdo iluminó su nombre.

Eran los años 70 y queríamos transformarnos desde nuestra más profunda piel. Suena raro en estos días, lo sé, como de abuelito. Horney escribió un libro: El autoanálisis, un compendio psicoanalítico con todas las de la ley que incluía un sistema para realizar un autoanálisis de caballo. Yo leía como Dios me daba a entender (quizá todavía leo así). Preparé a mi yo, instruí a mi ello, le hice serias advertencias a mi superyó y les dije: voy a autoanalizarme, se los digo para que estén alertas.

Así empezó el siniestro viaje al interior: escena primaria, resistencias, etiología de la histeria, neurosis compulsiva, narcisismo, deseo, estas palabrotas puestas en el crisol del caos jugaban a las cartas con preguntas terribles: ¿quién soy? ¿quiénes son mis padres? ¿tengo raíces? ¿soy infeliz?, un rosario, literalmente un rosario de oraciones. Ya he dicho que eran los años 70 y los sábados por la noche sonaba “Una pálida sombra”, el éxito inmortal de Procol Harum: We skipped the light fandango and turned cartwheels across the floor. Ya llovió.

Cada acto de percepción es en alguna medida un acto de creación; cada acto de memoria es en algún grado un acto de la imaginación, escribió Oliver Sacks, el neurólogo que logró combinar la ciencia con la belleza de la vida misma, con la narrativa interna, con la literatura. Sigo entonces en el pasillo de la memoria esperando a que se abra la puerta de otro recuerdo.

Hicimos un puchero incomible con nuestros conocimientos que terminó con muchos de los lectores de aquel libro realizando sus deseos a troche y moche. Llegó otro libro a nuestras manos: La revolución sexual, de Wilhelm Reich, escrito en 1936. Una tempestad de instintos nos arrastró y nos llevó al futuro, lugar en el cual olvidamos aquellas viejas lecciones. Pienso que se ha perdido aquella ambición que anhelaba el conocimiento de la vida interior. El que quisiera cambiar al mundo debía al menos atreverse a cambiar algo dentro de sí mismo.

Intuyo que uno de los grandes impactos de las redes sociales en la vida diaria es que todo lo ha convertido en “exterior” anulando la idea de la interioridad. ¿Hay alguien allá adentro?

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay