Prácticas Indecibles

Tocarse el corazón

Tocarse el corazón en el caso de Elba Esther Gordillo no es cosa fácil. La noticia sobre la solicitud de la Procuraduría General de la República a un juez para negarle a la maestra la prisión domiciliaria porque considera que la señora puede evadirse de su arresto, me ha puesto a pensar una vez más en los límites y las trampas de la ley.

Si el argumento de la procuraduría es la posible residencia de Elba Esther Gordillo en Coronado, California, resulta al menos absurda y tramposa la solicitud, salvo que la autoridad tenga conocimiento de un túnel como el que tomó Guzmán Loera para evadirse. Pienso: si la ley lo permite, la señora debería pasar su alta vejez bajo arresto domiciliario.

Pero esta contrahechura jurídica no la vuelve inocente ni una presa de conciencia ni, mucho menos, una política arrasada únicamente por la venganza de sus enemigos. Si entiendo bien, la maestra será, en su casa o en el cuarto de un hospital, una delincuente. La señora Gordillo ha sido acusada de lavado de mil 978 millones de pesos y delincuencia organizada. No soy abogado, pero entiendo que no se trata de una invención.

Gordillo usaba al SNTE como una extensión de su propiedad privada. Gastaba dinero público en asuntos privados, hacía fraudes, trapacerías electorales, creó un partido político con fines personales. No sé cuántos de estos hechos sean ilegales y conlleven responsabilidad jurídica, pero sé que representan una de las más claras muestras de un México indeseable que ha provocado indignación social y clamor de castigo: la corrupción monstruosa, abusiva y descarada.

Leí la entrevista que Ciro Gómez Leyva le hizo a Elba Esther Gordillo (El Universal, 17 y 18 de agosto, 2015). Durante su visita a la torre médica del penal de Tepepan, Gómez Leyva reparó en unos rompecabezas de Orozco, Tamayo, Frida y Diego que la maestra armó con otras internas y colgó como cuadros en las paredes. La señora Gordillo conoce bien esas obras originales, incluso debió comprar algunas de ellas con dinero que no le pertenecía, con dinero robado. Dicen que en sus casas colgaba maravillas de la plástica mexicana, que ama el gran arte.

Cuando se despidió de Gómez Leyva, la maestra entró a un cuarto: "Así empecé, Ciro, dándole clases a gente humilde". Enseñó, pero no aprendió nada; o sí: aprendió todas las clases de corrupción. No me toco el corazón, estamos ante una gran corrupta moralmente indefendible.

rafael.perezgay@milenio.com
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