Prácticas Indecibles

Scherer

La leyenda de Julio Scherer García atravesará la neblina del tiempo y se convertirá en una verdad intocable, pétrea, aleccionadora, como un monumento. No es para menos, Scherer fundó el periodismo moderno mexicano, hay un antes y después de su obra. Crecí y aprendí a leer periódicos en la era de Scherer, es decir, ese momento en el cual la prensa abandonaba las sombras donde sometía sus contenidos al poder a través de componendas y buscaba en cambio la intemperie de la libertad de expresión.

Tres características de esta obra mayor del siglo XX: primero, la valentía, nada puede hacerse en el periodismo, y en la literatura, sin arrestos, no es que los periodistas y los escritores tengan que ser como toreros, pero sin arrojo, no hay mucho que hacer en esta arena; segundo, alma de dirigente y mentor, todo gran periodista es un mandamás en  su oficio y sus terrenos; tercero, talento para la empresa y buena prosa, dirigir y escribir bien, dos cualidades por las cuales cualquier periodista pactaría con el diablo. Scherer pactó y acumuló un enorme poder ejerciendo estos tres rasgos hasta convertirse en una escuela.

Ciertamente, la evolución de estos rasgos buscó y encontró contra viento y marea el riesgo de la libertad de expresión, una vocación informativa que privilegió los hechos por encima de todo y el horizonte de una aspiración democrática perdida y negada por el sistema político mexicano.

Entiendo que una historia del periodismo mexicano del porvenir incluirá entre sus numerosos capítulos al menos estos momentos culminantes de transformación:

La prensa combativa del siglo XIX, esa que escribieron los liberales, escritores y periodistas capaces de escribir un soneto y luego una defensa brillante de la República, una crónica de la Alameda y más tarde una solfa contra el invasor. Puede decirse que los dos centros neurálgicos de ese periodismo fueron El Siglo Diez y Nueve de Ignacio Cumplido (también lo dirigió Zarco) y El Monitor Republicano de Vicente García Torres.

En esas páginas se transformó la prosa narrativa, los periodistas de entonces fueron calificados por Cosío Villegas como una de las generaciones más brillantes que ha dado México. Escribo los nombres de algunos notables: Francisco Zarco, Ignacio Ramírez, Manuel Payno, Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano.

Otro punto de inflexión de esa historia del futuro será sin duda la aparición de El Imparcial en 1896, la prensa industrial en la que Porfirio Díaz concentró todos los subsidios que pasaba bajo cuerda a las oficinas de los diarios del cierre del siglo XIX. Rafael Reyes Spíndola trajo de Estados Unidos la interview y mandó por primera vez a la calle a cubrir la noticia alrepórter.

En ese diario y en distintas empresas escribieron los modernistas. Ahí puede leerse la prosa de Amado Nervo, Luis G. Urbina, José Juan Tablada, Alberto Leduc, Rubén M. Campos, Ciro B. Ceballos y quienes fueron dueños de esa casa loca y soberbia que cambió las letras nacionales en el papel impreso de Revista Moderna.

La tradición que fluye aún en una corriente subterránea que se oye siempre a lo lejos, como una memoria que transmite las leyes de la herencia, tuvo un nuevo punto culminante en el periódico Excélsior que dirigió Julio Scherer del año de 1968 al de 1976 acompañado por Manuel Becerra Acosta y Alberto Ramírez de Aguilar. Entre los tres escribieron una columna, “Desayuno”, firmada por Julio Manuel Ramírez. No podían saberlo, pero habían fundado el periodismo moderno de México. “La rivalidad cotidiana nos hacía querernos”. Cuenta Scherer: “Alberto Ramírez de Aguilar, gerente y subdirector de Excélsior, murió prematuramente y de él me despedí en el hospital. Poseído por el cáncer, llevaba consigo el dolor de un profundo desencanto. Manuel, subdirector del periódico, acortó su vida. Era creativo, sorprendente, en sí mismo una cátedra de periodismo. Se entregó a los excesos y la muerte de su padre la recibió en París”.

Excélsior: “Al interior de nuestra casa nos fortalecimos: Octavio Paz había fundado Plural y Vicente Leñero transformaba Revista de Revistas. Rosario Castellanos, Pablo Latapí, Enrique Maza, Alejandro Gómez Arias, Froylan M. López Narváez, Hugo Hiriart, Ricardo Garibay, Samuel Del Villar, Miguel León Portilla, Miguel Ángel Asturias, Heberto Castillo, Gastón García Cantú, Francisco José Paoli, Gutierre Tibón, escribían en la doble página editorial. Abel Quezada asestaba golpes en su trabajo inimitable”.

En mi casa había un ritual matutino: leer no pocas veces en voz alta a los articulistas de Excélsior. Cada quien su clásico: mi padre leía con devoción a Gastón García Cantú; mi hermano a Daniel Cosío Villegas, mi madre y yo no nos perdíamos a Jorge Ibargüengoitia y los cuatro a Carlos Monsiváis. Los cartones de Abel Quezada fueron artículos en sí mismos que leíamos primero que a nada ni nadie. De esa doble página recuerdo a Pedro Ocampo, a Rosario Castellanos. Todos los periodistas y escritores giraban alrededor de un surtidor: Julio Scherer.

Cuando Luis Echeverría decidió dar un manotazo para terminar de una vez por todas con aquel diario, no supo que multiplicaba lo que quiso liquidar, una poda. De ese golpe surgieron la revista Proceso y el periódico Unomásuno. Cito a Scherer para no parafrasear mal: “Manuel fundó Unomásuno en 1977 y renunció al diario en 1989. Optó por el exilio a cambio de un millón de dólares y se marchó a España. El dinero se lo entregó Fernando Gutiérrez Barrios en esa época secretario de Gobernación. La entrevista que cuenta estos pormenores la escribió Carlos Marín. Proceso la publicó el 2 de octubre de 1989”.

La revista: “Proceso nació el 6 de noviembre de 1976, aún bajo el gobierno de Luis Echeverría. En la portada apareció mi nombre con el título de director general, una dolorosa remembranza de Excélsior (…). Nombrado director gerente de Proceso, Miguel Ángel Granados Chapa tomó el mando de la revista. (…) renunció ocho meses después de la fundación”.

La leyenda ha encontrado una liberación, anda suelta.

rafael.perezgay@milenio.com

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