Prácticas Indecibles

Rumbo a Constituyentes

Algunas veces los médicos tienen que contar una fábula inverosímil para decir la verdad.

Recuerdo esto: en coche rumbo a Observatorio, camino al Hospital Inglés, ABC. La avenida Constituyentes, un asco de tránsito. Me acompañó mi hija. Para la antesala, ella llevaba un libro de Murakami, me parece que Tokio Blues; yo traía una antología de Borges, El libro de los sueños, editada hace ya años por la editorial Siruela. Cuarenta minutos de espera. Odio las antesalas.

Pasé a un cubículo en donde me desvestí y me puse una de esas batas nefastas abiertas por detrás, como si fueran diseñadas para enseñar el trasero y padecer humillaciones. Me tendí de lado en una cama y empezaron los estudios. Creo que primero vio en la pantalla los riñones, luego los testículos y la región inguinal. El médico me pidió que tomara una botella de agua. Luego me dijo que orinara y me dijo:

—Aprovechemos el tiempo y hagamos también una sonografía de vejiga, de próstata, de toda la región.

Mientras el aparato se deslizaba sobre la piel lubricada con gel, me preguntó:

—¿Por qué le pidieron estos estudios?

—Porque ayer oriné sangre —aproveché el envión y le pregunté—: ¿ha visto algo?

—Es necesario interpretar el estudio —mintió.

Una hora después salí del cubículo de imagenología. Mi hija había abandonado la lectura desde hacía rato y perdido la paciencia. Recogimos los estudios del Perfil 20 y bajamos la cuesta de Constituyentes. Fernanda terminaba en esos días el primer año de la carrera de medicina. Han pasado siete años. Lo primero que vio fue la placa de tórax. La interpretación terminaba con la palabra normal.

El resto de los estudios presentaba valores correctos en la sangre, la fosfatasa, la bilirrubina y, sobre todo, en algo que me preocupaba, el antígeno prostático. El examen general de orina llamaba la atención con números y párrafos técnicos sobre la muestra con líquido rojo que había entregado el día anterior. Las buenas noticias me tranquilizaron.

Por alguna razón se me quedó adherida a la memoria la trama bíblica de un relato de la antología de Borges que repasé en las antesalas de imagenología y en el piso de asuntos cardiovasculares en donde me hicieron el electrocardiograma: “En el año doce de su reinado Nabucodonosor tuvo un sueño que lo agitó pero al despertar no podía recordarlo. Llamó a los magos, astrólogos, encantadores y caldeos y les exigió una explicación. Adujeron los caldeos que no podían
explicar lo que no conocían. Nabucodonosor les juró que si no le mostraban el sueño y le daban una interpretación, serían descuartizados y sus casas convertidas en muladares, pero si lo hacían recibirían mercedes y mucha honra. No pudieron hacerlo y el rey decretó la muerte de todos los sabios de Babilonia. La sentencia alcanzaba a Daniel y sus compañeros”.

Daniel tuvo entonces la visión de una estatua con cabeza de oro, cuerpo de plata, piernas de bronce y pies de hierro y barro. Una piedra (no lanzada por mano) derribaría la enorme estatua del rey. Daniel era como el jefe de asesores de Nabuconodosor y le vendió al rey una trama en la que Dios le otorgaba el imperio, el poder, la fuerza y la gloria.

El rey la compró de inmediato y honró a Daniel. Del breve texto traído por Borges de Daniel, 2, 1-47 a mí me movía solo el principio pues desde la mañana del día yo me sentía como quien ha tenido un sueño que me había agitado pero que no podía recordar. En alguna de esas antesalas supe algo que confirmaría una y otra vez durante los meses siguientes: algunos médicos son como Daniel, otros como los Sabios de Babilonia. Vislumbré algo más: algunas veces los médicos tienen que contar una fábula inverosímil para decir la verdad. No sé qué más agregar.

rafael.perezgay@milenio.com

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