Prácticas Indecibles

Repudio

Me desconcierta la pobreza del repudio. Si la sociedad pusiera tache a la violencia, la Ceteg, acorralada, pensaría dos veces sus acciones.

He escrito que los actos de las brigadas de choque de los golpeadores de la Ceteg pueden ser entendidos como ritos fascistas. Me quedé corto. Obligar a unos cuantos jóvenes a desfilar atados de manos con letreros en los cuales se les acusa de “infiltrados”, secuestrar a un diputado local y forzarlo a renunciar a su cargo, irrumpir en una reunión y capturar a dos integrantes del PRD y atropellarlos para que luzcan una manta que dice “somos perros perredistas”, asaltar una reunión de funcionarios del INE y obligarlos a portar carteles contra el presidente Peña Nieto, estos actos de barbarie permitidos por la ley de la selva se parecen más a las sanciones de los Jemeres Rojos, los estudiantes asesinos que dirigió el dictador Pol Pot durante la dictadura y el genocidio de Camboya.

Conozco bien esta trama de locura política porque en el año de 2004 edité en Cal y Arena el que sería el último libro que escribiría José María Pérez Gay: El príncipe y sus guerrilleros. La destrucción de Camboya. Una semilla de ese libro se publicó años atrás en la revista Nexos.

Mi hermano se dedicó una buena parte de sus últimos años productivos a estudiar el totalitarismo y una de sus resoluciones enloquecidas: el genocidio. Recuerdo que trabajó una versión de ese libro con Monsiváis y otra conmigo y Alberto Román. Carlos quería que el texto fluyera en presente histórico y yo que estuviera narrado en pasado.

El resultado, en presente histórico, fue un ensayo de corte narrativo estremecedor acerca de la falta de acuerdo respecto a los más elementales derechos, un relato de la ausencia de pesos y contrapesos políticos y de la ideología como arma de fuego, de cómo las diferencias de pensamiento desembocan en el castigo físico, en el aislamiento, en la muerte.

Obvio, no digo que Guerrero sea Camboya, digo que se desarrolla en ese espacio sin ley ni gobierno el embrión de un totalitarismo violento, callejero, desorbitado, que incendia, destruye, humilla, ofende ante la omisión de un gobernador que no ata ni desata; el señor Ortega Martínez dijo que encapsularía la violencia, los resultados están a la vista de todos. Desde luego el gobierno de Peña Nieto incurre de nuevo en una omisión que podría resultar aún más costosa que la debacle de Iguala.

Los maestros violentos, organizados en La Avanzada, grupo de choque de 120 hombres armados de palos, tubos y dispuesto a todo, según documentó el periódico Reforma en una nota de Jesús Guerrero, van y vienen por el estado ante la mirada unas veces cómplice, otras críticas, pero siempre pasivas, de los guerrerenses y del resto del país.

¿Un crimen atroz como el de los desaparecidos de Ayotzinapa permite múltiples crímenes pequeños? En estos tiempos nublados, sí. Desde luego no voy a creer la paparruchada de que los golpeadores de la Ceteg protestan por el crimen masivo de Cocula. Como le gustaba decir a Garibay: a otro perro con ese hueso de poca carne.

Me desconcierta la pobreza del repudio. Si la sociedad, cualquier cosa que esto quiera decir, pusiera tache a la violencia, los incendios, la biblioteca del Congreso local en llamas, el edificio del INE lastimado, los hombres y las mujeres violentados en sus derechos, la Ceteg, acorralada, pensaría dos veces sus acciones.

Sospecho, no sin melancolía, que hay un acuerdo silencioso en amplias zonas de medios de comunicación, universidades, organizaciones sociales, partidos y líderes políticos con un argumento de dos pesos: están enojados por los desaparecidos de Ayotzinapa, hartos de la desigualdad, como si no supiéramos que la flama violenta de la CNTE venía de tiempo atrás y con una mecha encendida en partidos políticos y grupos ultras: un puchero infame. Aquí y allá percibo cierto regusto de satisfacción cuando las lenguas de fuego del Congreso local alzan el vuelo: se lo merecían.

El príncipe y sus guerrilleros se publicó en diciembre de 2004, mi hermano ya hacía política activa muy cerca de López Obrador. Algunas de las veces en que subimos inmerecidamente el tono de nuestras discusiones políticas por desacuerdos definitivos respecto a las posturas de Andrés Manuel, le dije: dile a López que lea uno o dos capítulos de tu libro para que vea dónde pueden terminar el dogmatismo y la cerrazón política, el mesianismo y la ideología. Vuelvo a recordar este libro y sus páginas, esa historia de la locura del sol rojo en los corazones interesados de los militantes y activistas. Convendría que los militantes de Morena leyeran el libro de José María Pérez Gay, empezando por López Obrador. 

Mientras escribía estas líneas, recordé que Lichi, colaborador excepcional de estas páginas, decía, cuando se hablaba de totalitarismo, dictadura, violencia: a mí ese perro ya me mordió. A nosotros también, un perro grande, a principios de los años setenta. Y todo indica que nos morderá otra vez. ¿Habrá en Guerrero un pequeño príncipe con guerrilleros?

rafael.perezgay@milenio.com

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