Prácticas Indecibles

Recuerdo de la utopía

Han pasado cuarenta años y mil veranos, como escribió Kipling en El hombre que sería rey. Las aguas de mayo reverdecían los árboles amarillos y sin hojas. En esa Ciudad de México desaparecida, un grupo de jóvenes viajaba rumbo a Guerrero en el interior de la caseta trasera de una camioneta. Un baño sauna. Los años setenta se abrían paso hacia la desolación de los oscuros ochenta mexicanos y se alejaban del 68 y sus muertos. La apertura democrática de Luis Echeverría y la guerrilla ocupaban las primeras páginas de los periódicos.

Vuelvo a la camioneta blanca de la cual ocho jóvenes bajaron en Chilpancingo. Un viaje de perros. Ellos formaban parte de un grupo de teatro experimental y de protesta, así se llamaba. Los actores (es un decir) realizaban una gira por el estado con una breve obra del dramaturgo chicano Luis Valdés: El soldadoraso.

El elenco de la obra se atragantaba un pozole de antología en una fonda y hablaba de la conciencia de clase, de las superestructuras, del arte comprometido, de las guerrillas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas. Ninguno de ellos había cumplido los treinta, el menor tenía dieciséis. Yo soy el más joven de la trupé.

Ya he contado en otra página que fui actor de carácter revolucionario. No se burlen. Mi papel en El soldado raso, una protesta en escena de los chicanos que partían a la guerra, no era para despreciarse pues incluía un extrañamiento brechtiano. Recuerdo aún mi primer parlamento:

—¡Qué asó amá!

Lo memoricé sin graves problemas. La entonación chicana era un hallazgo. El extrañamiento brechtiano ocurría cuando el cuadro escénico se congelaba y yo en el papel de El Carnalito me dirigía al público para informarle esto:

—Mi hermano mayor parte a la guerra.

De inmediato, el cuadro recuperaba movimiento y mi hermano me decía:

—Cuide mucho a la mamá, Carnalito.

La breve obra en un acto era muy intensa pues el hijo se iba a la guerra provocada por el imperialismo yanqui y la madre albergaba pensamientos nefastos sobre el porvenir de su hijo mayor; así, en soledad y con el corazón partido, la madre lloraba la partida de su hijo. Creo que también había un papá y una hermana, pero no me hagan caso, lo que sí había era un Carnalito y es seguro que ese Carnalito era yo. Además, en algún momento culminante todos cantábamos corridos chicanos. Mi voz era potente. Búrlense, pero mi voz también conquistó elogios de propios y extraños.

Recuerdo la normal de Ayotzinapa y el patio trasero donde había un estrado. Allí representamos El soldado raso. Los maestros ovacionaron nuestra puesta en escena. La noche de aquella función los ocho actores nos reuniríamos con el comité de lucha de la normal rural. A las once de la noche pasó a recogernos un maestro, Gonzalo, y nos llevó a un salón de clases:

—No prendemos la luz porque hay mucho verde y le tiran a lo que se ilumina y se mueve.

La reunión tuvo lugar a oscuras y sentados en el piso, bajo el nivel de las ventanas. Las brasas rojas de los cigarros Del Prado aparecían y desaparecían en la oscuridad. El último en llegar se presentó sin mayores prefacios como contacto urbano de Cabañas.

Nos ofreció tres niveles de lucha, a escoger: entrenamiento para formar parte de una de las células de Lucio en el monte; dos, entrenamiento fuera del país y contactos para ayudar a la guerrilla urbana en alguna casa de la Ciudad de México; tres, constituir un brazo informativo contra la prensa vendida y dar a conocer las acciones de la guerrilla en contra de la burguesía y a favor del proletariado.

La cosa iba en serio. Como ustedes  podrán suponer elegimos la tercera opción. Durante los próximos meses, picamos esténciles y produjimos en el mimeógrafo noticias en papel revolución; no sabíamos de dónde venía la información y si era cierta, lo cierto es que estábamos convencidos de que la revolución empezaba a ocurrir en México y la vanguardia estaba compuesta por la guerrilla enquistada en los montes de Guerrero. “El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución”. Poco tiempo después olvidé para siempre ese deber.

Volví a este recuerdo de la utopía mientras revisité un poema del poeta colombiano Juan Gustavo Cobo Borda. Copio dos estrofas:

Mientras mis amigos honestos a más no poder,

derribaban dictaduras,

organizaban revoluciones

y pasaban, el cuerpo destrozado,

a formar parte

de la banal historia latinoamericana,

yo leía malos libros.

(…)

Ahora lo comprendo:

en aquellos malos libros

había amores más locos, guerras más justas,

todo aquello que algún día

habrá de redimir tantas causas vacías.

Mientras leía a Cobo Borda pensé de nuevo: en el porvenir siempre nos espera un trozo incandescente del pasado. Hacia allá vamos.

rafael.perezgay@milenio.com

http://twitter.com/RPerezGay