Prácticas Indecibles

Pierdo todo

Proust inventó una magdalena metida en una taza de té para recordar las vidas y las cúpulas de la ciudad de su infancia; se sabe, memoria voluntaria, memoria involuntaria. No sé qué debo inventar para recordar no mi vida que de momento me tiene sin cuidado sino todos los objetos que pierdo mientras tallo mi alma contra la piedra de la vida diaria. Combates encarnizados, gritos, sombrerazos.

—No encuentro mis lentes, los dejé aquí y desaparecieron— me oigo decir con frecuencia de escalofrío.

Antes de romper en cinco pedazos la paciencia de mi hijo, él me dice, no sin melancolía:

—Los traes puestos.

Entonces me encierro en mi cuarto tragándome a dentelladas toda la ira del Rey Lear. Walter Benjamin estaba convencido de la existencia de un Jorobadito que le jugaba bromas, le escondía objetos, provocaba erratas en sus textos. Lo persiguió toda su vida sin suerte, nunca lo alcanzó. Me he persuadido de que en la casa de usted habita un pelotón de Jorobaditos.

Llevo siete años, cuatro meses y ocho días sin fumar. Los últimos encuentros con el cigarrillo fueron un tormento. Perdí varias cajetillas con sus respectivos encendedores. Las di por desaparecidas,  les puse epitafio y toda la cosa. La otra noche, sin razón alguna, metí la mano debajo del colchón de la cama y encontré una de esas cajetillas de cigarrillos con un encendedor rojo. Así es la vida, se sabe, te entrega tarde todo, cuando ya no importa y te has mudado del caserón abandonado del viejo deseo.

No fumo, pero uso lentes oscuros. Sé lo que piensan armados de poesía: éste es un mamón. Puede ser, pero les recuerdo que me operaron de cataratas en ambos ojos y el oftalmólogo ha recetado lentes oscuros pues la luz entra como un río de luces indomables al cerebro. Después de la primera operación, con un cono en el ojo y un parche en cruz sobre él, me emborraché con mi amigo Luis Miguel Aguilar y al día siguiente pensé que había perdido el ojo, al final todo lo empaña el tiempo, dice el clásico, yo no veía más que sombras, pero ése es otro cuento.

Di la noticia con la misma intensidad que se anunció el desembarco en Normadía:

—Perdí mis lentes oscuros —se oyó un genuino grito desesperado.

Ustedes no tendrían por qué saberlo, pero se trata de unos Ray-Ban auténticos, como diría mi padre. Los lentes de estas gafas de sol poseen una elevada precisión óptica y son resistentes a los impactos de los rayos UV. Se han ido para siempre, pensé, me entregué a la melancolía y renuncié a la búsqueda.

A la mañana siguiente, sobre la superficie de una mesa de la sala, mis lentes Ray-Ban me miraban. Pregunto: ¿no hay algo raro en todo esto? Quizás una presencia, alguien que se manifiesta de esta forma y pretende enviarme mensajes del más allá.

—Aquí dejé las llaves del coche y el iPad, pero han desaparecido inopinadamente —me gusta decir inopinadamente, cada vez que puedo traigo la palabra a mi vida.

Primeras detenciones. Rosita, nuestra trabajadora de toda la vida, no puede ver algo sin moverlo de lugar, posee una pasión por los movimientos indeseados, las migraciones injustas, las fronteras de humo.

—No los he visto —me dice— para nada.

Recorro las habitaciones, entro a la cocina, salgo de la cocina, entro al baño, salgo del baño. Nada. Abro el refrigerador, cierro el refrigerador. Se sabe de personas que han guardado en el refri objetos que no pertenecen al frío y no necesariamente han terminado en el manicomio. Nada. De pronto, ante mis ojos, como si aparecieran detrás de un telón que existe solo para mis ojos, las llaves y el iPad. Pinche Jorobado, pienso.

De los libros que aparecen y desparecen cuando les da la gana podría escribir un texto largo, una crónica de la desgracia. Cuando le preguntaban a Monsiváis cómo hacía par encontrar un libro en su biblioteca, él respondía que lo mandaba comprar. Así lo he hecho varias veces. No falla: quien necesite un libro de sus libreros, no lo encontrará nunca.

He intentado engañar al Jorobado, o al fantasma, o al destino oscuro de los objetos. Pienso en un libro, pero declaro la necesidad de otro muy distinto. Entonces desaparece el libro mencionado y el libro verdadero cuyo título retengo en mi mente no se mueve de su lugar. Un método complicado si usted quiere, pero efectivo.

—Dónde podré encontrar Los señores del narco, de Anabel Hernández —pregunto con falsa intensidad. Soy buen actor, todo me creen cuando actúo, en ese momento actué a un hombre consciente, interesadísimo en el narco. A mí los estudios del narco me importan un cacahuate.

Desde luego, no busco ese libro, ¿a quién le va a importar esa colección monumental de mentiras? Yo lo que busco es El tallo entre las piedras, de Claudio Magris, y más precisamente un ensayo sobre la ira incluido en ese libro. Consumo el engaño, el libro de Hernández desaparece y el de Magris, intacto en su lugar. A veces hay que dejar volar la imaginación para obtener una módica victoria. Pero a veces me olvido y digo en voz alta:

—El libro de Kundera, La fiesta de la insignificancia.

Se jodió la Patria, desaparece Kundera. He comprado tres ejemplares. A veces creo que voy a volverme loco. Pinche Jorobado.

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