Prácticas Indecibles

Oda a la baquelita

No ignoro que este espacio debería proponer alguna idea sobre las elecciones: no tengo ninguna. Lo que tengo no modificará la democracia, tampoco incidirá en el resultado de las elecciones de 2018, todos piensan en eso, y me parece bien, pero yo estoy en un pleito a muerte con mi teléfono celular. Señoras y señores, mi celular es un traidor. Creí que Salvador Camarena había exagerado cuando le escribió una carta de despedida a su móvil. Tuvo razón. Todo México es territorio Telcel, dice la publicidad. Les tengo malas noticias, si usted sale de la ciudad, en La Marquesa conviene que apague su aparato (como diría un amigo, no empiecen).

Una llamada de negocios, si tal cosa existe. La cuarta vez que se derrumbó, le dije a mi amigo algo que de verdad creo: volvamos a la edad de la baquelita, aquellos teléfonos negros, grandes, con su disco y su auricular, su cable largo y su convicción de voz sin abismo.

Durante unos días de opulencia, allá en los finales de los 60, mi padre decidió hablarle a mi hermano mayor a Alemania, una pequeña ciudad fría donde aquel joven estudiaba alemán y filosofía. La operadora planeó la llamada en un mapa de tres días. Iremos, dijo, por Italia y de ahí a Alemania.

Una mañana inverosímil sonó el teléfono con aquel timbre de alarma mortal. Su conferencia está lista. Mi madre y mi padre gritaban. Desde mi infancia, yo solo oía un eco metálico. Algo parecido a la voz de mi hermano. Cada día me acuerdo de esa llamada, pues los celulares de las modernas telecomunicaciones reproducen voces metálicas, como si vinieran del año de 1967 y desde Alemania, allá en el fin del mundo. Pregunto: ¿el señor Slim y sus empresas no rinden cuentas ante nadie?

Mi hermano era un mandamás de las llamadas furtivas, solo él hubiera podido engatusar al territorio Telcel. Empezaban los años 70 con su promesa de incendios utópicos. En casa, el teléfono estaba cortado. Demasiadas llamadas a Alemania y pocos ingresos. Mi hermano logró con sus encantos que doña Emma Camín, madre los Aguilar Camín, le prestara su teléfono para llamar a sus sueños y a sus distantes esperanzas alemanas. Llamadas largas. Mi hermano no pagó. Doña Emma vino a cobrar a la casa. Creo que mi padre pagó, no sé. En cambio entiendo que 50 años después nadie le habla a sus esperanzas en un celular.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay