Prácticas Indecibles

Nueva mirada

Obtener varios espejuelos ha sido un calvario. Les digo algo: comprar en México es muy difícil. Elegir los armazones es lo mismo que elegir una mujer. Marcas, modelos inauditos, temor de Dios.

En otra página he contado que un oftalmólogo de renombre, de fuste y fusta, como dice un amigo, me operó de ambos ojos para retirar dos cataratas miópicas. Después de varios años puedo decir que las intervenciones fueron un éxito rotundo.

De niño, no veía tres en un burro, de adulto tampoco, pero mis lentes me ayudaban. Las noches, puesto en el volante del coche, eran un juego de adivinanzas. ¿Qué dice el letrero? ¿Cuál es la salida? Avanzaba sin rumbo; todavía avanzo sin rumbo, pero por otras razones que no se desprenden de las cataratas. Una noche, a bordo del coche familiar, puse a mis hijos y a dos amigos pintos y barridos porque no me decían con anticipación los letreros de los lugares por los cuales pasábamos.

Devorábamos la línea blanca del Periférico Sur, en dirección al estadio Azteca. Les grité al borde de la histeria que si no me decían terminaríamos en Xochimilco. Así supieron mis hijos que los guiaba un ciego nocturno, para ponerle un nombre interesante a mi ceguera.

En esos días me detuve ante una máxima de Lichtenberg: el amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista. Me desvío, recuperé luz y precisión, desterré a la miopía y conservé un astigmatismo más o menos leve y una presbicia de buen tamaño, dificultad para ver de cerca, que me ha impuesto lentes para leer. Cuando se necesita algo imperiosamente, eso se pierde. Puede ser un bastón, o un amor, o unos lentes. Si pierdo mis lentes para leer, me importa poco, sé que tengo varios pares y que cuando unos desaparecen, otros aparecen aquí y allá. No sé si ocurra lo mismo con el bastón y el amor.

Obtener varios espejuelos ha sido un calvario. Les digo algo: comprar en México es muy difícil. No miento. Un almacén de reconocido prestigio, una lavadora, por decir algo, preciosa: lava y seca. La compramos, nomás faltaba. Modelo, precio, tarjeta, firme aquí, cómodas mensualidades. Una vez cerrada la operación empieza la maldición de la compra. Gracias por su preferencia. Un camión de la empresa llegará a su casa para realizar la entrega, si no hay quien reciba la mercancía, el camión se lleva la compra y no la vuelve a ver hasta el año entrante. La compra ha resultado un fiasco, una desgracia y su lavadora, ni lo dude, tardará muchos días en ocupar el lugar que usted imaginó para el aparato. Comprar es difícil, en México todos los vendedores pretenden crearle un gran problema al comprador, quizás a esto le llaman economía emergente.

Me desvié. Yo quería contar que fui a comprar anteojos para mí y para mi hija.  Los optometristas fueron amables y nos ofrecieron productos interesantes. Usan reglas que te ponen en las cejas para medir algo, van y vienen como abejas trabajadoras. Me sentí bien tratado. Elegir los armazones es lo mismo que elegir una mujer. Marcas, modelos inauditos, temor de Dios.

—¿Cómo me veo con estos? —pregunta la hija insegura.

Un padre es un padre:

—Te ves como una diosa joven.

—En serio.

—En serio —respondo convencido de la frase.

Ella en cambio me dijo:

—Con esos pareces un señor muy simpático.

—¿Un viejo? —pregunto.

—No, un señor simpático —contesta convencida de sus dichos.

La mañana cotiza para convertirse en un día irrepetible.

—Vamos a pagar y desaparecemos de este lugar.

En la caja, a la hora de pagar, ocurre una desgracia: no hay cajero; los optometristas se hacen cargo, es decir, lo enredan todo. Mi idea de que comprar en nuestro país es un calvario toma fuerza. Los cajeros-optometristas ignoran cómo cobrar la mercancía.

Un suplicio:

—¿Me repite su RFC?, ¿paga con tarjeta?

Veinte minutos cualquiera los soporta.  Hay grupos de seres humanos capaces de enfrentar media hora ante una máquina registradora, pero cuarenta y cinco es demasiado. Si digo que esperamos cincuenta minutos, la lectora y el lector no van a creerme. Cincuenta minutos, de verdad.

Salimos de la óptica con nuevas miradas enmarcadas en lentes perfectos, pero sólo en nuestra imaginación. Por cierto, Goethe decía que pensar era más interesante que saber, pero menos interesante que mirar. La verdad es que cité a Goethe sólo para mover algo en la mente de mi hija. Fracasé. No me oyó. Prometieron rapidez en el servicio. Todavía espero mis espejuelos. Seré paciente.

rafael.perezgay@milenio.com

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