Prácticas Indecibles

Moral y ciclismo

Me gustaría empezar por aquí: ¿son los ciclistas moralmente superiores a los peatones? No. ¿Los ciclistas son moralmente más completos que los automovilistas? No. ¿Salvarán al mundo los ciclistas? No. ¿El gobierno de la ciudad debe impulsar las ciclovías? Sí. Parece una contradicción y, bien pensado, no lo es. Según mi vida diaria, una parte de los ciclistas se ha convertido en un grupo de desdeñosos profesionales. Si vas a pie, te rebasan con molestia; si vas en coche, te desafían y miran con desprecio. Anda, hazme daño con tu máquina infernal y tendrás un castigo ejemplar, raro ludismo del siglo 21. En cualquier orden cotidiano, este comportamiento siempre se las arregla para terminar el día como si acabara un combate extraordinario y no simplemente algunas horas más de la vida.

Siempre que dos particulares se enfrentan, por cualquier motivo, el gobierno debe intervenir para poner en su lugar a los dos adversarios. Entre nosotros, las ciclovías han afectado la movilidad dándole preponderancia al ciclista. Vi a una joven jugarse la vida en su bicicleta sobre el carril del Metrobús y a una patrulla pasar a su lado sin siquiera hacerle una señal. Vi a un ciclista avanzar en sentido contrario e insultar a un conductor que no hizo sino llamarle la atención por el peligro que corría. Vi a un ciclista sin casco ni protección alguna meterse entre las llantas de un camión.

Como es obvio, no todo lo que tiene que ver con el ciclismo ocurre en los márgenes de la descalificación moral y el peligro urbano. Los domingos se han convertido en una lección civil de respeto y organización social, las familias salen en sus bicicletas y recorren el largo camino del ciclotón. No me ha tocado ver un solo conflicto, accidente o amago de agresión.

Tal vez he dicho algunas aturulladas obviedades, pero sigo pensando que los gobiernos no deben crear, ni favorecer, la creación de personas moralmente superiores. Leyes y reglamentos más o menos bien diseñados impedirán esa superioridad. De momento, no tenemos esa ley ni ese reglamento. ¿Son los indígenas por el hecho de serlo superiores a hombres y mujeres de la ciudad? No. ¿Merecen esos indígenas leyes que los favorezcan? Sí. La desigualdad no hace moralmente mejores a los más desfavorecidos, pero los convierte en una prioridad social.

¿Soy mejor moralmente porque nado una buena cantidad de metros bajo supervisión de un entrenador en una alberca de aguas transparentes? Desde luego que sí. Ya. Era un chiste.

rafael.perezgay@milenio.com

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