Prácticas Indecibles

Monomanía

De pronto me sentí harto hasta los topes. Oigo aquí y allá que los políticos no sirven, que los partidos gastan y roban dinero a mansalva, que el diseño de nuestra joven democracia solo ha traído desaliento. No es para menos, la mayoría de los políticos resultan si no inservibles al menos ineficientes y ciertamente los partidos reciben cantidades estrafalarias de dinero que o malgastan o hacen perdidizo. Nuestra democracia decepciona. ¿Qué sigue entonces? ¿Derruirlo todo? ¿Empezar desde el año 2-conejo?

¿Quién decía que la mejor manera de construir la casa no es tirándose los ladrillos a la cabeza? Siempre he pensado que la indignación por sí sola es tan inservible como los políticos inútiles. Entiendo que al malestar debería seguirlo la discusión de quienes saben y saben bien hablando de las correcciones, las regulaciones, los esfuerzos correctivos. Si algo falló, empecemos de nuevo, esa es la cansada pero inalterable divisa democrática.

No me paso de listo, ni de tonto. El otro camino es el discurso de la destrucción; es decir, aquel que sostiene que no hay camino. Y entonces políticos como López Obrador se adueñan de la genuina inconformidad, del legítimo malhumor. Mala cosa.

Y así se pasan los días, como si no supiéramos que quien pretende monopolizar el combate a la corrupción no ha presentado su declaración 3de3 y nunca ha explicado de qué ha vivido desde que dejó la Jefatura de Gobierno del DF, que además utilizó para construir su candidatura a la Presidencia. Como si no supiéramos que ha vivido a la sombra de los partidos políticos que crítica y en los cuales levantó con dinero de la partidocracia la plataforma de sus exitosas campañas presidenciales. Como dice un amigo: ¿no es un poco demasiado?

Oigo de miles de millones de pesos que se roban, que desaparecen, que se convierten en departamentos en Nueva York, en Miami, ¿qué hacemos? ¿Incendiamos México o pedimos que metan a la cárcel a los ladrones?

Francois Furet escribió en El pasado de una ilusión que el rasgo de la democracia moderna es “la capacidad infinita de producir niños, hombres y mujeres que detestan el régimen social y político en el que nacieron, que odian el aire que respiran, aunque vivan de él y no hayan conocido otro”.

Que así sea entonces, pero sin olvidar que odiar nuestro presente es el mayor atributo y el mayor peligro de esta democracia.

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay