Prácticas Indecibles

Mil veranos

Espero que los dioses de la coyuntura política no me castiguen con severidad, pero en el periódico de mi vida la primera plana la ocupa la noticia de la muerte de David Bowie.

Después de luchar durante año y medio contra el cáncer, la leyenda del rock, icono de una nueva sensibilidad del siglo 20, moría a los 69 años. No fueron pocas las puertas que abrió Bowie en la mansión de la moral social de muestro tiempo. Su delgada figura incidió a fondo en el mundo de la sexualidad, la moda y la música.

Bowie creó y recreó a un protagonista de finales del siglo 20: el andrógino, aquel que hace de la ambigüedad el territorio de los deseos, un poco  hombre, un poco mujer. Destrozó la moda, es decir, la cambió con trajes azul eléctrico, peinados de otro planeta, vestimentas siderales. A la música añadió la actuación en el teatro y el cine. Me gusta The Hunger, dirigida por Tony Scott y actuada por tres ases: Catherine Deneuve, Bowie y Susana Sarandon.

Alguna vez, a mediados de los 70 yo había escuchado “Ziggy Stardust” (1972) sin mucho entusiasmo ni atención, pero cuando oí “Heroes” (1977) rendí mis dudas. En YouTube, “Heroes” había llegado a 6 millones 500 mil vistas. Yo fui uno más en esa peregrinación del recuerdo.

Un soplo de la memoria me trajo, o me llevó, al día en que oí realmente por primera vez a David Bowie. No deja de sorprenderme que haya sido una noche de hace 40 años en el departamento de un edificio que estaba en los límites de las colonias Roma y Condesa. Era como la casa de los sueños. Roberto Diego Ortega abría las puertas de su depa y sus conocimientos desproporcionados  de rock puestos en una colección de discos —sí, eran acetatos— de antología. “Heroes” era el himno de esas noches que terminaban en el alba de los gritos de un coro desentonado: “we can be heroes/ Just for one day”.

Entrado en los gastos de la memoria, traje a la pantalla “Dancing in the Street”, 1983, el año en que Bowie entró a la pista de baile. El video de Mick Jagger y David Bowie bailando es un portento que desarmaría a cualquier corazón blindado contra los sueños del pasado. Luego, para acabar tendidos y enfermos de melancolía: Annie Lennox y Bowie cantando “Under Presure” en el homenaje póstumo a Freddy Mercury, una ofrenda en el altar de la memoria. Quizás han pasado mil veranos desde entonces.

 

rafael.perezgay@milenio.com

Twitter: @RPerezGay