Prácticas Indecibles

Humo


He pasado una buena parte de la vida esperando mensajes. Me refiero a comunicaciones serias, a ésas que vienen del más allá. Hay cosas que dependen más que otras de la paciencia y ésta es una de ellas. No hagan caras: siempre esperé envíos del otro mundo, como si hubiera una sección de paquetería detrás de la neblina que separa a la vida de la muerte. Por esta compleja razón que cualquier sicoanalista quisiera interpretar, hace años llegué a la esquina de Madero e Isabel la Católica una noche fría de vientos cruzados en el Centro de la ciudad. 

En ese lugar estaba el Gran Café la Concordia. Era el centro de reunión de la generación de liberales que tantos elogios patrios ha recibido no sé si con plenos merecimientos. No vamos a discutir en este momento de obras de la literatura y servicios a la nación, faltaba más. Corría el año de 1868, Ignacio Ramírez y Manuel Payno tomaban café en una de las mesas de esa esquina e intrigaban contra sus enemigos políticos y sus rivales literarios. En la oscuridad, las sombras atravesaban las calles enfangadas. La ciudad era un fracaso.

Me he desviado, pero era necesario para volver a la noche en que fui a la esquina de Madero e Isabel la Católica. Yo preparaba una antología del Duque Job, principal seudónimo de Manuel Gutiérrez Nájera. Idas y venidas a la hemeroteca, cuadernos llenos de notas transcritas de viejos periódicos —no había computadores portátiles—, mapas de la Ciudad, sitios clave en que se situaban los templos, los cafés, los diarios de fines de siglo XIX. Me concentré en la vida breve de un hombre tocado por el magisterio de la prensa de finales de siglo. Mis páginas no eran la antología de un autor, tocaban la orilla de la obsesión que mis amigos empezaron a lamentar. Duro y dale con el Duque Job, día y noche. Los amigos somos así, solo entendemos nuestras necedades, las ideas de los otros obsesos nos parecen triviales.

Una noche conocí a Villasana. Juro que así se llamaba. Me lo presentó Guillermo Fadanelli una noche de juerga que empezó en una cantina de avenida Revolución y terminó veinte horas después en una bar afterhours de la Roma. La Colonial ocupa una esquina en avenida Revolución y traza una línea fronteriza de la colonia Escandón, donde empezó este episodio. Puestos frente a frente por un azar, le dije a Villasana que estábamos bebiendo en lo que fue el granero de la hacienda de la Condesa a finales del siglo XIX. Entonces me dijo, en corto y sin venir a cuento, que él era capaz de comunicarse con seres que habían abandonado el mundo de los vivos. Así nomás, como si pudiera abrir el directorio, marcar un número y decir: ¿cómo se vive allá en el otro barrio, señor Pérez? Se le extraña por estos rumbos.

Villasana tenía pasados cubanos, santeros decía él, y alardeaba con imágenes efectivísimas para transgredir la aduana que todos pasaremos al final. Sus experiencias espíritas eran interesantes y sonaban más falsas que las frases de un cura en el púlpito, aun así le di carrete:

—¿Si quiero entrar en contacto con alguien del siglo XIX? —yo estaba más borracho que una cuba.

—Me das algo que le haya pertenecido o me llevas a un lugar que él haya frecuentado probadamente y te contacto después de unos días y ciertos trabajos.

—¿Cuánto me vas a cobrar?

—Si yo cobrara por mis dones sería rico, muy.

Hablaba como un gestor de oficina de gobierno, un coyote del Monte de Piedad, ¿quién no se ha dejado envolver una vez por uno ellos en busca de una verdad? Recordé a un amigo que siempre dice: ah, la maldita verdad. Así llegamos a la esquina de Madero e Isabel la Católica esa noche de vientos cruzados. Yo no tenía idea de lo que haría Villasana y me sentí irritado conmigo mismo. Me pasa seguido, la indignación me persigue como mi sombra. Una hora después de mirar un edificio como dos idiotas, Villasana me dijo:

—No puedo. Nunca me dijiste que el edificio desapareció y que éste nada tiene que ver con el original.

Miré a nuestro alrededor, la ciudad del futuro del Duque también era un fracaso. Figuras recortadas contra la noche atravesaban oscuras en el centro histórico, un vendedor de mercancía robada, un dealer colocando gramos de cocaína de pésima calidad, un vago perdido, una puta jodida, un niño de la calle planeando un robo de poca monta.

—El Duque escribía y bebía en esta esquina —le dije buscando una salida de emergencia— y luego, para curarse de culpas indomables, cruzaba a La Profesa y rezaba–, le señalé el templo.

Los que investigan asuntos históricos de la ciudad convierten su interés en codicia y su codicia en maldad. Yo había estudiado la historia del templo de la Profesa, desde el año de 1629, cuando la gran inundación de la Ciudad de México convirtió la iglesia en un pedazo inmundo de piedra y lodo hasta la impresionante reconstrucción de Pedro de Arrieta en 1720. Las obras de arte pictórico que acumuló fueron únicas en la ciudad. También sabía que ningún conjuro o efluvio de santería impondría su fuerza a las puertas de la Profesa. Esperamos un buen tiempo. Nada. Ni un espíritu, ni un carajo del Duque. Le di un trago al ánfora que cargaba en el bolsillo interior del saco. Villasana se derrotó y yo con él, aunque nunca se lo dije. Me dijo muy serio, desvencijado:

—Solo he visto fuego, hermano. Solo llamas. Dios se interpone.

Villasana pensaba que podía comunicarse con los muertos como si marcara en los contactos de su celular, o pudiera mandarles mensajes de texto. Yo sabía, lo sé aún, que la ciudad y su historia te ponen a prueba una y otra vez. No es conveniente el desafío, salimos perdiendo. De esto y no otra cosa tratan las historias de las ciudades: de la derrota de la memoria. Abandonamos a la Profesa y a la noche. No recuerdo qué fue de mí en aquel tiempo. Recuerdo que en esa época todo me desagradaba, no creía en nada ni en nadie. Sé muy bien, lo supe siempre, que la iglesia de la Profesa sufrió un terrible incendio en el año de 1914 que destruyó la cúpula y las pinturas preciosas del siglo XVII. No hay que ser adivino, esto lo sabe cualquiera. Desde luego, no volví a ver a Villasana. Por cierto, sigo esperando un mensaje verdadero.

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